lunes, 26 de octubre de 2015
martes, 9 de marzo de 2010
Granada
Lo mejor que conocí de España.
Diría después de Barcelona, pero Barcelona no es España.
De Granada los laberintos gitanos, la tapa que acompaña cada cerveza, su movimiento incesante de universitarios.
En Granada me quedé dos horas encerrado en el hostel porque la llave no giraba.
De Granada la originalidad de sus grafitis anarquistas.
Granada te emborracha de belleza.
Y La Alhambra, claro, sobre todo La Alhambra: una de las cosas más bellas que vi en el viaje, y he tenido la suerte de ver muchas. Entre Estanbul y esta maravilla, cada vez me pongo más del lado de la estética árabe.
No sé si me atrevo a hablar sobre La Alhambra, sus palacios y jardines y columnas y vistas panorámicas.
No, no me atrevo. Se me complica y prefiero que los pocos que leen esto, digo, vos, que sos la única que lee esto, quizá, y eso le da un sentido a todo, lo vean con sus propios ojos en algún momento, sin ideas preconcebidas. Aunque probablemente ya lo viste.
Poco antes de terminar mi recorrido en La Alhambra, sonó mi celular:
- Hola
- Hola David
- ¿Hola?
- Hola ¿David?
- No, disculpe señor, está equivocado.
- ¿David?- escucho una voz a punto de quebrarse
- No soy David, señor, llamó a un número equivocado
- Perdón, perdón - voz que se interrumpe entre lágrimas y mocos
- No pasa nada, señor
- Perdón, lo siento mucho, perdón - repetía entre gritos apagados, entre ruidos espasmódicos y llanto angustiante.
Diría después de Barcelona, pero Barcelona no es España.
De Granada los laberintos gitanos, la tapa que acompaña cada cerveza, su movimiento incesante de universitarios.
En Granada me quedé dos horas encerrado en el hostel porque la llave no giraba.
De Granada la originalidad de sus grafitis anarquistas.
Granada te emborracha de belleza.
Y La Alhambra, claro, sobre todo La Alhambra: una de las cosas más bellas que vi en el viaje, y he tenido la suerte de ver muchas. Entre Estanbul y esta maravilla, cada vez me pongo más del lado de la estética árabe.
No sé si me atrevo a hablar sobre La Alhambra, sus palacios y jardines y columnas y vistas panorámicas.
No, no me atrevo. Se me complica y prefiero que los pocos que leen esto, digo, vos, que sos la única que lee esto, quizá, y eso le da un sentido a todo, lo vean con sus propios ojos en algún momento, sin ideas preconcebidas. Aunque probablemente ya lo viste.
Poco antes de terminar mi recorrido en La Alhambra, sonó mi celular:
- Hola
- Hola David
- ¿Hola?
- Hola ¿David?
- No, disculpe señor, está equivocado.
- ¿David?- escucho una voz a punto de quebrarse
- No soy David, señor, llamó a un número equivocado
- Perdón, perdón - voz que se interrumpe entre lágrimas y mocos
- No pasa nada, señor
- Perdón, lo siento mucho, perdón - repetía entre gritos apagados, entre ruidos espasmódicos y llanto angustiante.
Crucero en el Caribe
De París volví a Barcelona y después de un par de días volé hasta Panamá al lado de un bebé que no paró de llorar a gritos desde el despegue hasta el aterrizaje.
Al día siguiente, luego de una noche solo en un hotel panameño, llegaron todos y nos subimos al crucero caribeño al que nos invitó mi bobe. Todos: mi bobe, mi vieja, mi hermano, mi tía de Buenos Aires, mi primita y yo.
Tan desacostumbrado al calor, a la familia, a la comodidad. A sentirme burgués. A pasar tardes en un jacuzzi, a comer hasta la arcada, a fumaarme un porro en la punta del barco, viéndolo acercarse y alejarse de la nada abierta y oscura.
Qué gloria reencontrarme con mi hermano, darnos un abrazo, actualizarnos. A mi hermano lo veo, digamos, una vez por año. De las últimas veces que lo vi, una vez había cambiado su manera de hablar y de vestirse, había aprendido a bailar; otra vez tenía el pelo largo y había adelgazado treinta y cinco kilos. Ahora se volvió a cortar el pelo, tiene brakets y su cara es otra, literalmente: meses atrás le hicieron una operación que, siendo por motivos de salud, tuve que ser también estética y entonces otros pómulos, otra mandíbula, otra nariz.
Con mi primita pasé mucho tiempo, largas conversaciones. A veces me sorprende su nivel de madurez. A veces la quiero matar, cuando dice lo mismo que su mamá como si fuera un pensamiento propio y no tiene idea de lo que dice. Aunque seguramente yo a los once años hacía cosas peores. Quienes no nos conocen siempre piensan que somos hermanos.
Con mi tía suele estar todo más que bien, es la más normal (en el buen sentido de la palabra) de las tres hermanas, y es una mujer sin tabues y muy divertida.
A mi bobe la quiero mucho. Es mi bobe. Tenemos varias diferencias, y a veces es muy facha, pero a esta altura casi me da igual, no soy quién para cambiarla ni es fácil cambiar a esa altura de la vida. Y la quiero lo mismo.
Mi vieja. Mmm. Con mi vieja tuvimos nuestras risas, nuestros lindos momentos. Recuerdo una caminata juntos sobre la arena deliciosa de Aruba. Pero mi vieja es una mujer dificil: muy dificil. Digamos que con cierta frecuencia es una burguesa desagradable y desubicada con un talento insólito para crear situaciones incómodas.
La mayoría de la gente del crucero eran nuevos ricos, burguesía esnob y vulgar, apariencia y show off. Por suerte, aunque sea, eran latinos, elemento que siempre añade sabor y resta ceremonia, sobre todo cuando hablamos de Brasil hacia arriba.
Mi familia y yo tenemos conceptos muy distintos de lo que es recorrer un lugar.
Cartagena es pintoresco. Qué adjetivo de mierda. No se me ocurre otro. Es un lugar con muchas cosas para ver, muy jugoso. Algunas postales me sonaron a La Habana.
Santa Marta es un pueblito con pocas cosas para hacer, una playa aceptable y un calor de mercurio. Bolívar merecía una muerte más digna.
De Aruba, la arena. Quizá la más sublime en color y, sobre todo, en textura que pisé en mi vida.
En Curaçao y Bonaire hice mi propia ruta cuando mi familia volvió temprano al crucero. Y valió la pena. Mezcla delirante la de ambas Antillas Holandesas: negros que bailan salsa y beben cerveza Polar (Caribe, indudablemente), pero hablan en holandés entre canales y fachadas al mejor estilo Amsterdam.
En Bonaire me recuerdo solo en el banquito de una plaza, fumando porro y devorando un libro entre silencios y paredes descascaradas de todos los colores y alguna que otra mujer con muchos collares y una cesta de frutas sobre la cabeza.
Al día siguiente, luego de una noche solo en un hotel panameño, llegaron todos y nos subimos al crucero caribeño al que nos invitó mi bobe. Todos: mi bobe, mi vieja, mi hermano, mi tía de Buenos Aires, mi primita y yo.
Tan desacostumbrado al calor, a la familia, a la comodidad. A sentirme burgués. A pasar tardes en un jacuzzi, a comer hasta la arcada, a fumaarme un porro en la punta del barco, viéndolo acercarse y alejarse de la nada abierta y oscura.
Qué gloria reencontrarme con mi hermano, darnos un abrazo, actualizarnos. A mi hermano lo veo, digamos, una vez por año. De las últimas veces que lo vi, una vez había cambiado su manera de hablar y de vestirse, había aprendido a bailar; otra vez tenía el pelo largo y había adelgazado treinta y cinco kilos. Ahora se volvió a cortar el pelo, tiene brakets y su cara es otra, literalmente: meses atrás le hicieron una operación que, siendo por motivos de salud, tuve que ser también estética y entonces otros pómulos, otra mandíbula, otra nariz.
Con mi primita pasé mucho tiempo, largas conversaciones. A veces me sorprende su nivel de madurez. A veces la quiero matar, cuando dice lo mismo que su mamá como si fuera un pensamiento propio y no tiene idea de lo que dice. Aunque seguramente yo a los once años hacía cosas peores. Quienes no nos conocen siempre piensan que somos hermanos.
Con mi tía suele estar todo más que bien, es la más normal (en el buen sentido de la palabra) de las tres hermanas, y es una mujer sin tabues y muy divertida.
A mi bobe la quiero mucho. Es mi bobe. Tenemos varias diferencias, y a veces es muy facha, pero a esta altura casi me da igual, no soy quién para cambiarla ni es fácil cambiar a esa altura de la vida. Y la quiero lo mismo.
Mi vieja. Mmm. Con mi vieja tuvimos nuestras risas, nuestros lindos momentos. Recuerdo una caminata juntos sobre la arena deliciosa de Aruba. Pero mi vieja es una mujer dificil: muy dificil. Digamos que con cierta frecuencia es una burguesa desagradable y desubicada con un talento insólito para crear situaciones incómodas.
La mayoría de la gente del crucero eran nuevos ricos, burguesía esnob y vulgar, apariencia y show off. Por suerte, aunque sea, eran latinos, elemento que siempre añade sabor y resta ceremonia, sobre todo cuando hablamos de Brasil hacia arriba.
Mi familia y yo tenemos conceptos muy distintos de lo que es recorrer un lugar.
Cartagena es pintoresco. Qué adjetivo de mierda. No se me ocurre otro. Es un lugar con muchas cosas para ver, muy jugoso. Algunas postales me sonaron a La Habana.
Santa Marta es un pueblito con pocas cosas para hacer, una playa aceptable y un calor de mercurio. Bolívar merecía una muerte más digna.
De Aruba, la arena. Quizá la más sublime en color y, sobre todo, en textura que pisé en mi vida.
En Curaçao y Bonaire hice mi propia ruta cuando mi familia volvió temprano al crucero. Y valió la pena. Mezcla delirante la de ambas Antillas Holandesas: negros que bailan salsa y beben cerveza Polar (Caribe, indudablemente), pero hablan en holandés entre canales y fachadas al mejor estilo Amsterdam.
En Bonaire me recuerdo solo en el banquito de una plaza, fumando porro y devorando un libro entre silencios y paredes descascaradas de todos los colores y alguna que otra mujer con muchos collares y una cesta de frutas sobre la cabeza.
París
París es un balcón y un gesto malhumorado en la cara de un tipo canoso de sobretodo negro parado en el metro.
París es la estela que deja una actitud con la que se lleva una bufanda.
París es un personaje de Cortázar.
París es una chica de azúcar que camina con una boina roja, la nariz un poco levantada y una rosa en la mano.
París es una ceniza larga que cuelga de un cigarrillo que cuelga de una mano que cuelga de un brazo que cuelga de un cuerpo que anda lento junto al Sena con la mirada gris perdida.
París es la estela que deja una actitud con la que se lleva una bufanda.
París es un personaje de Cortázar.
París es una chica de azúcar que camina con una boina roja, la nariz un poco levantada y una rosa en la mano.
París es una ceniza larga que cuelga de un cigarrillo que cuelga de una mano que cuelga de un brazo que cuelga de un cuerpo que anda lento junto al Sena con la mirada gris perdida.
Budapest y Viena
Budapest, igual que Bélgica, es un lugar al que me hubiera gustado dedicarle más tiempo.
En Budapest conocí a un productor de CQC que era un tanto arrogante y que me dijo que venía de Viena e iba Berlín, y tres días después me lo volví a cruzar en una instalación audiovisual en Kunsthalle, en Viena.
Budapest me recordó un poco a Praga.
En Budapest tienen la mano milenario de un fraile expuesta en la entrada de una catedral.
En Budapest fui a un museo, "La casa del terror", que fue un centro clandestino de detención, tortura y asesinato, primero utilizado por los nazis y luego por los comunistas. Fue uno de los lugares más interesantes que conocí en el viaje, aunque me pareció tendenciosamente derechoso.
En Budaoest conocí varias personas que fueron por unos días, se enamoraron de la ciudad y se quedaron a vivir.
Me quedé con muchas ganas de ir a un lugar en las afueras, el museo al aire libre más grande de Europa, un campo vasto donde depositaron cientos de majestuosas estatuas comunistas luego de la caída de la URSS, y simplemente descansan ahí.
Budapest tiene un poco de varios lugares de Europa, y al mismo tiempo algo muy propio. Tiene, también, la sinagoga más grande del continente y la arquitectura más indefinible, no-descodificable, raramente fascinante que vi en el viaje.
Me cuesta escribir sobre Budapest porque fue hace mucho y pasaron tantas cosas en el medio.
Budapest fue la mejor sorpresa de este viaje.
En Budapest toman tequila sin sal y sin limón, pero con naranja y canela, ambas posteriores al trago.
Lo mejor de Budapest está escondido en una montaña en la que uno cree, de lejos, que nada más hay un castillo y un monumento.
En Viena fui a la ópera a ver Manón, al zoológico más viejo de Europa, quizá del mundo, a un palacio de irreales jardines nevados.
En Viene fue la única vez que me agarraron viajando sin ticket, aunque al final sólo pagué la mitad de la multa (la otra mitad debía pagarla al día siguiente en el Banco Central, bajo amenaza de que no me dejarían salir del país cuando llegase al aeropuerto, pero como mi vuelo saía desde Bratislava, no me preocupé).
En Viena me perdí en el cementerio central, kilométrico, cientos de miles de tumbas. Oscurecía, estaba solo y la nieve no cesaba de estrellarse contra mi cara como copos kamikazes.
Viena me pareció una ciudad un tanto facha, tirás un papel al suelo y te miran como si fueses un violador serial.
Viena tiene algunos de los mejores museos de Europa, y sin duda es una ciudad bella pero, honestamente, no me conmovió.
De Eindhoven y Bratislava no quiero decir nada porque estuve muy poco tiempo.
En Budapest conocí a un productor de CQC que era un tanto arrogante y que me dijo que venía de Viena e iba Berlín, y tres días después me lo volví a cruzar en una instalación audiovisual en Kunsthalle, en Viena.
Budapest me recordó un poco a Praga.
En Budapest tienen la mano milenario de un fraile expuesta en la entrada de una catedral.
En Budapest fui a un museo, "La casa del terror", que fue un centro clandestino de detención, tortura y asesinato, primero utilizado por los nazis y luego por los comunistas. Fue uno de los lugares más interesantes que conocí en el viaje, aunque me pareció tendenciosamente derechoso.
En Budaoest conocí varias personas que fueron por unos días, se enamoraron de la ciudad y se quedaron a vivir.
Me quedé con muchas ganas de ir a un lugar en las afueras, el museo al aire libre más grande de Europa, un campo vasto donde depositaron cientos de majestuosas estatuas comunistas luego de la caída de la URSS, y simplemente descansan ahí.
Budapest tiene un poco de varios lugares de Europa, y al mismo tiempo algo muy propio. Tiene, también, la sinagoga más grande del continente y la arquitectura más indefinible, no-descodificable, raramente fascinante que vi en el viaje.
Me cuesta escribir sobre Budapest porque fue hace mucho y pasaron tantas cosas en el medio.
Budapest fue la mejor sorpresa de este viaje.
En Budapest toman tequila sin sal y sin limón, pero con naranja y canela, ambas posteriores al trago.
Lo mejor de Budapest está escondido en una montaña en la que uno cree, de lejos, que nada más hay un castillo y un monumento.
En Viena fui a la ópera a ver Manón, al zoológico más viejo de Europa, quizá del mundo, a un palacio de irreales jardines nevados.
En Viene fue la única vez que me agarraron viajando sin ticket, aunque al final sólo pagué la mitad de la multa (la otra mitad debía pagarla al día siguiente en el Banco Central, bajo amenaza de que no me dejarían salir del país cuando llegase al aeropuerto, pero como mi vuelo saía desde Bratislava, no me preocupé).
En Viena me perdí en el cementerio central, kilométrico, cientos de miles de tumbas. Oscurecía, estaba solo y la nieve no cesaba de estrellarse contra mi cara como copos kamikazes.
Viena me pareció una ciudad un tanto facha, tirás un papel al suelo y te miran como si fueses un violador serial.
Viena tiene algunos de los mejores museos de Europa, y sin duda es una ciudad bella pero, honestamente, no me conmovió.
De Eindhoven y Bratislava no quiero decir nada porque estuve muy poco tiempo.
viernes, 26 de febrero de 2010
Praga
Praga es un cuento de hadas medieval.
Recuerdo caminar por una calle de fachadas en medialuna, fachadas que parecen viejas senioras, y al final subir unas escaleras en rombo, empezar a caminar bajo la lluvia sobre un puente ancho que es peatonal adoquinada, bajar la cabeza para prender un cigarrillo, ver de reojo las pequenias estatuas de la baranda agazapadas en la oscuridad, levantar de pronto la cabeza y ver una yuxtaposicion panoramica de castillos, torres, arcos, palacios, catedrales medievales. Fue la primera impresion que mas me quedo grabada en todo el viaje.
De Praga recuerdo la belleza de sus chicas, el sabor de su cerveza, la movida de jazz y de teatro. Recuerdo que en el Teatro Nacional daban Dogville, y desee como nunca saber hablar checo.
En Praga hay una sinagoga que recuerda a Aladino.
En Praga tendrian que calentar mas el cafe con leche.
En Praga fui a un mercado donde esperaba encontrar de todo menos aquella gran planicie nevada y unos pocos puestos que vendian muniecas rotas, teclados inservibles y tuercas, martillos, destornilladores.
En Praga las escaleras del metro son muy largas y muy empinadas y bajan muy rapido.
En Praga la ciudad nevada se me desplego como una hoja en blanco.
De Praga sus puentes y sus fachadas. Todos y todas.
En Praga fui lejos, ultima estacion de metro y caminata, hasta llegar a lo que queda de comunista en esa ciudad. Monobloques babilonicos, goliats homogeneos donde se escucha todo. TODO.
En un puente de Praga un artista tocaba un concierto de musica clasica deslizando sus dedos alrededor de veinte copas con distintas cantidades de agua.
Praga es la ciudad mas encantadora que conoci en mi vida.
Recuerdo caminar por una calle de fachadas en medialuna, fachadas que parecen viejas senioras, y al final subir unas escaleras en rombo, empezar a caminar bajo la lluvia sobre un puente ancho que es peatonal adoquinada, bajar la cabeza para prender un cigarrillo, ver de reojo las pequenias estatuas de la baranda agazapadas en la oscuridad, levantar de pronto la cabeza y ver una yuxtaposicion panoramica de castillos, torres, arcos, palacios, catedrales medievales. Fue la primera impresion que mas me quedo grabada en todo el viaje.
De Praga recuerdo la belleza de sus chicas, el sabor de su cerveza, la movida de jazz y de teatro. Recuerdo que en el Teatro Nacional daban Dogville, y desee como nunca saber hablar checo.
En Praga hay una sinagoga que recuerda a Aladino.
En Praga tendrian que calentar mas el cafe con leche.
En Praga fui a un mercado donde esperaba encontrar de todo menos aquella gran planicie nevada y unos pocos puestos que vendian muniecas rotas, teclados inservibles y tuercas, martillos, destornilladores.
En Praga las escaleras del metro son muy largas y muy empinadas y bajan muy rapido.
En Praga la ciudad nevada se me desplego como una hoja en blanco.
De Praga sus puentes y sus fachadas. Todos y todas.
En Praga fui lejos, ultima estacion de metro y caminata, hasta llegar a lo que queda de comunista en esa ciudad. Monobloques babilonicos, goliats homogeneos donde se escucha todo. TODO.
En un puente de Praga un artista tocaba un concierto de musica clasica deslizando sus dedos alrededor de veinte copas con distintas cantidades de agua.
Praga es la ciudad mas encantadora que conoci en mi vida.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Bruselas, Brujas, Gent, Amsterdam
A Belgica me hubiese gustado dedicarle mas tiempo, pero fue una de las pocas veces en el viaje que estuve apurado, apretado entre pasajes, entre Praga y Amsterdam. Las cosas se dieron asi.
De Bruselas recuerdo grandes concentraciones de velos y ruidos de sirenas.
Recuerdo que tenia algunas zonas bastante feas.
Recuerdo que tiene, quiza, los bares que mas me han gustado en Europa. Y tambien los faroles. Y muchos murales de caricaturas en las calles. Y en el metro. Me encanta.
Me gusto la gente. Los belgas en general. Son como los franceses pero más relajados, menos amargados.
En Bruselas, despues de mucho andar y perderme una tarde entera, llegue al edificio donde nacio Cortazar. Hay, en la plaza de al lado, un busto de él, que me pareció que no representaba demasiado bien a su homenajeado. Quizó un poco solemne. En la fachada del edificio, tal vez un poco demasiado arriba, y chiquita, hay una placa que dice que Julio nacio ahi. La linea de abajo agrega: enormisimo cronopio.
Bruselas la vivi en, cómo decirlo; ¿saben cuando se sientan a ver una pelicula y a las dos horas saben que vieron una película pero no se acuerdan mucho, fueron más bien imágenes que pasaron frente a sus ojos? Bueno, algo así.
Gent:
La noche nos atrapa entre sus piernas abiertas desplegadas, siempre con sus serpentinas y su cara de mujers, siempre agarrada las manos a la fiesta, la ciudad, la poesia: todas ellas hermosas mujeres. Mi despertador sonara cuando todavia este oscuro, ya sabe, los horarios, los trenes, pero a nadiele importa, nunca es excusa: la noche esta para vivirla. En este caso, en este momento, para vivirla sentado en una silla verde lima, los codos, la cerveza, este cuaderno apoyados sobre un mantel plastico rojo con puniados de fresas estampados. Suena el tema de la Guerra de las galaxias. Levanto la cabeza y veo un televisor de catorce pulgadas, anios setenta, sesenta quiza, cuelga una lampara de barbies desnudas, hay desparramados muniecos de Winnie Pooh, platos viejos marrones y amarillos cuelgan del techo, clavados en la pared hay fotos de Elvis, relojes muertos con forma de flecha, macetas con flores plasticas marchitas, decenas de cabezas plasticas de venado, discos de vinilo, afiches de publicidades antiguas, barcos de juguete, grandes hojas de palmera, radios de la generacion de nusetros abuelos, un par de ventiladores inservibles, fotos repetidas de Mariyn Monroe con rosas pegadas con cinta scotch cruzandole la boca, un cuadro de Jesus dandole de comer a un perro en el crepusculo, un telefono hamburguesa, un munieco a escala real de una monja frente a un microfono con una bufanda de cotillon abrazandole el cuello. Hay eso y una grafica rectangular con tres imagenes identicas de la musa de este lugar: Divine. El bar se llama Pink Flamingos, y su ornamento kitsch hasta el sinsentido es un tributo a esa pelicula tan mala, tan bizarra, tan absurda y desagradable que al terminar no nos deja otra opcion que ponernos de pie y aplaudir y gritar bravo, bravo, entre silbidos de violenta, descolocada maravilla.
No hay nada para pescar y entonces rescato a Julio, lo saco entre el torbellino de porquerias acumuladas en mi bolso. Mientras aplasto un cigarrillo leo un texto entraniable que habla de la amistad patafisica con un hombre que se acaba de suicidar, una no-necrologica al mejor estilo cronopio, unas palabras que son copa de vino tinto, y cuando me doy de bruces con el punto final no se si llorar, hacer gargaras, dar vueltas desaforadamente como un trompo. Nadando entre ideas dispares leo que Cley, el poeta fallecido, y Yoyó, una escultura de bronce que reposa en el brazo de un sillón del departamento parisino de Cortázar, desde el principio tuvieron "una relación personal y directa", eran como "compadres para salir por las noches de Gent". A buen entendedor...
Brujas es muy lindo. Quizá demasiado lindo. Brujas es una postal. Brujas es la versión Disney de Gent.
´
De Amsterdam recuerdo poco. Sobre todo sus tormentas de nieve y sus diez grados bajo cero. En Amsterdam tomábamos una copa de absenta todas las noches. Y fumábamos porro todo el día. Es que el clima te obligaba a refugiarte. El clima fue uno de los dos motivos por los cuales contra toda predicción, no comí hongos en Amsterdam. Amé el museo de Van Gogh.
Amsterdam, Brujas, a veces Gent son juguetes, casas de muñeca, ciudades de torta. Igual que el Parc Guell, siempre me recuerdan a Tim Burton.
De Bruselas recuerdo grandes concentraciones de velos y ruidos de sirenas.
Recuerdo que tenia algunas zonas bastante feas.
Recuerdo que tiene, quiza, los bares que mas me han gustado en Europa. Y tambien los faroles. Y muchos murales de caricaturas en las calles. Y en el metro. Me encanta.
Me gusto la gente. Los belgas en general. Son como los franceses pero más relajados, menos amargados.
En Bruselas, despues de mucho andar y perderme una tarde entera, llegue al edificio donde nacio Cortazar. Hay, en la plaza de al lado, un busto de él, que me pareció que no representaba demasiado bien a su homenajeado. Quizó un poco solemne. En la fachada del edificio, tal vez un poco demasiado arriba, y chiquita, hay una placa que dice que Julio nacio ahi. La linea de abajo agrega: enormisimo cronopio.
Bruselas la vivi en, cómo decirlo; ¿saben cuando se sientan a ver una pelicula y a las dos horas saben que vieron una película pero no se acuerdan mucho, fueron más bien imágenes que pasaron frente a sus ojos? Bueno, algo así.
Gent:
La noche nos atrapa entre sus piernas abiertas desplegadas, siempre con sus serpentinas y su cara de mujers, siempre agarrada las manos a la fiesta, la ciudad, la poesia: todas ellas hermosas mujeres. Mi despertador sonara cuando todavia este oscuro, ya sabe, los horarios, los trenes, pero a nadiele importa, nunca es excusa: la noche esta para vivirla. En este caso, en este momento, para vivirla sentado en una silla verde lima, los codos, la cerveza, este cuaderno apoyados sobre un mantel plastico rojo con puniados de fresas estampados. Suena el tema de la Guerra de las galaxias. Levanto la cabeza y veo un televisor de catorce pulgadas, anios setenta, sesenta quiza, cuelga una lampara de barbies desnudas, hay desparramados muniecos de Winnie Pooh, platos viejos marrones y amarillos cuelgan del techo, clavados en la pared hay fotos de Elvis, relojes muertos con forma de flecha, macetas con flores plasticas marchitas, decenas de cabezas plasticas de venado, discos de vinilo, afiches de publicidades antiguas, barcos de juguete, grandes hojas de palmera, radios de la generacion de nusetros abuelos, un par de ventiladores inservibles, fotos repetidas de Mariyn Monroe con rosas pegadas con cinta scotch cruzandole la boca, un cuadro de Jesus dandole de comer a un perro en el crepusculo, un telefono hamburguesa, un munieco a escala real de una monja frente a un microfono con una bufanda de cotillon abrazandole el cuello. Hay eso y una grafica rectangular con tres imagenes identicas de la musa de este lugar: Divine. El bar se llama Pink Flamingos, y su ornamento kitsch hasta el sinsentido es un tributo a esa pelicula tan mala, tan bizarra, tan absurda y desagradable que al terminar no nos deja otra opcion que ponernos de pie y aplaudir y gritar bravo, bravo, entre silbidos de violenta, descolocada maravilla.
No hay nada para pescar y entonces rescato a Julio, lo saco entre el torbellino de porquerias acumuladas en mi bolso. Mientras aplasto un cigarrillo leo un texto entraniable que habla de la amistad patafisica con un hombre que se acaba de suicidar, una no-necrologica al mejor estilo cronopio, unas palabras que son copa de vino tinto, y cuando me doy de bruces con el punto final no se si llorar, hacer gargaras, dar vueltas desaforadamente como un trompo. Nadando entre ideas dispares leo que Cley, el poeta fallecido, y Yoyó, una escultura de bronce que reposa en el brazo de un sillón del departamento parisino de Cortázar, desde el principio tuvieron "una relación personal y directa", eran como "compadres para salir por las noches de Gent". A buen entendedor...
Brujas es muy lindo. Quizá demasiado lindo. Brujas es una postal. Brujas es la versión Disney de Gent.
´
De Amsterdam recuerdo poco. Sobre todo sus tormentas de nieve y sus diez grados bajo cero. En Amsterdam tomábamos una copa de absenta todas las noches. Y fumábamos porro todo el día. Es que el clima te obligaba a refugiarte. El clima fue uno de los dos motivos por los cuales contra toda predicción, no comí hongos en Amsterdam. Amé el museo de Van Gogh.
Amsterdam, Brujas, a veces Gent son juguetes, casas de muñeca, ciudades de torta. Igual que el Parc Guell, siempre me recuerdan a Tim Burton.
Bielefeld, Öelde, Dortmund, Trier, Schweich
Llegué a Bielefeld sabiendo que aquella noche estaría todo cerrado, que no encontraría lugar para dormir, así que caminé un rato por la ciudad y luego fui a su pequeña estación de trenes y me senté en un banco a leer, intenté en vano dormir, pasaba gente, me veían raro, mucha juventud borracha y al lado mío, por supuesto, un Mc Donalds, lo único abierto un veinticinco de diciembre a la madrugada y claro, cuando uno no tiene opciones ni las busca tenazmente, termina preguntándole al cajero qué tiene por un euro, se compra una hamburguesa de pollo que devora en tres mordiscos y un capuccino que estira a sorbos espaciados y se pone a escribir, en medio del bullicio general escribe sobre otras ciudades, se acerca una chica tambaleante, hace un par de preguntas (de parte de su amiga, que espera espía en la mesa de atrás), se van, pide otro capuccino, pasa un rato, dos voces lo llaman de la mesa de al lado, son cuatro chicas de ojitos rojos, una le lanza una pregunta retórica que remata con un piropo etílico, las otras tres estallan en carcajadas, charlan un poco, se van, entonces intenta dormir de nuevo, casi lo logra cuando lo interrumpen dos policías y le hacen el interrogatorio correspondiente, todo está bien, averigua cuándo sale el próximo tren hacia su destino, contra su costumbre compra un pasaje (piensa que la situación lo amerita), se dirige al andén, se distrae y se cierra la puerta del vagón, por enésima vez se cierra la puerta del vagón pero esta vez respira tranquilo, no le importa, se toma el próximo tren y llega a Öelde, el pueblito donde nació su abuela.
No sé bien qué decir sobre Öelde. Es tarde y tengo sueño. Y fue hace mucho. Digamos que hice lo que quería hacer: caminar el pueblito de mi oma, conocer el lugar donde se crió, escarbar raíces, visitar el cementerio y buscar dos apellidos. En el único cine del pueblo daban una película infantil que no sé de qué trataba y nunca más la escuché nombrar. La película se llamaba Niko.
Intuía que en Dortmund pasaría lo mismo que en Bielefeld, la noche profunda, la mochila pesada, el frío despiadado, la ciudad desconocida, todo cerrado, nadie en la calle, nada en la calle, perderme largamente, perderme hasta desesperarme, rozar con el rabillo del ojo el cartel de un hostel casi a ras de suelo, tocar timbre para volver a sentir vida en mi dedo índice, aparece alguien y me dice que está cerrado, pero sucumbe ante sus valores cristianos y lo abre sólo para mí.
Trier fue una sorpresa muy grata. Mis expectativas, basadas en mi ignorancia, no eran altas. Algo había escuchado de la Porta Nigra y de la casa de Marx: nada más. A decir verdad, el museo de Carlitos es más bien decepcionante, yo esperaba manuscritos, novedades, reliquias, y en cambio me encontré minuciosamente desplegada la historia de sus ideas y las consecuencias/influencias que tuvieron, las zonas que permearon: y todo eso ya me lo enseñan en la universidad.
Fuera de eso, es una ciudad hermosísima, la ciudad más vieja de Alemania, plagada de construcciones antiquísimas, que caminé de punta a punta: me la fumé.
En la oficina de turismo de Schweich me crucé al intendente. Le conté mi historia, los motivos que me llevaban a visitar aquel pueblito tan poco visitado. Conmovido, el señor organizó mi día, me abrió contactos. Caminé por el lugar horas y horas, pasé por la casa donde nació mi abuelo, me perdí, me encontré. Mi sonrisa era imborrable. En la sinagoga me recibió el viejito que la cuida, la abrió para mi, me contó la historia. En la entrada, tras una vidriera, se exhibían varias fotos de hace un par de décadas, cuando, tras una iniciativa de la municipalidad, volvieron a Schweich después de cincuenta años los pocos judíos sobrevivientes que allí nacieron, para la reinauguración de la sinagoga. En la foto estaban mi oma, mi opa, su hermano y la esposa. Cómo lloré. Después, junto con el viejito y el intendente, fuimos al cementerio judío, donde quizá la mitad de las tumbas tienen mi apellido. Caía el sol cuando me llevaron a la casa del ex intendente, un demócrata en tiempos nazis, el encargado, décadas más tarde, de la recomposición de la relación con la comunidad judía. Un amigo de mi opa. Me recibió en su casa con una sonrisa de sorpresa, con ojos brillantes, y no me quería dejar ir. Yo tampoco quería irme. Charlamos un rato largo, y me regaló una botella de vino de Schweich y una foto de la sinagoga de hace noventa años.
Es que uno es injusto con las ciudades. Las respira, las palpa, las exprime y luego, en otro tiempo, en otra ciudad, abre un cuaderno e intenta volcar algo que transmita un poco esas sensaciones. Intenta enjaular ciudades, resumir su jugo en un trago. Y para eso los recuerdos, siempre parciales, siempre distorsionados, siempre ficciones. Entonces no es justo y qué rabia. Pero imagino cómo sería no hacerlo, no desdoblarme en el papel, y entonces pienso que qué le hace otra raya al tigre, que total el mundo, la vida, están llenos de injusticias, y que las hay peores.
No sé bien qué decir sobre Öelde. Es tarde y tengo sueño. Y fue hace mucho. Digamos que hice lo que quería hacer: caminar el pueblito de mi oma, conocer el lugar donde se crió, escarbar raíces, visitar el cementerio y buscar dos apellidos. En el único cine del pueblo daban una película infantil que no sé de qué trataba y nunca más la escuché nombrar. La película se llamaba Niko.
Intuía que en Dortmund pasaría lo mismo que en Bielefeld, la noche profunda, la mochila pesada, el frío despiadado, la ciudad desconocida, todo cerrado, nadie en la calle, nada en la calle, perderme largamente, perderme hasta desesperarme, rozar con el rabillo del ojo el cartel de un hostel casi a ras de suelo, tocar timbre para volver a sentir vida en mi dedo índice, aparece alguien y me dice que está cerrado, pero sucumbe ante sus valores cristianos y lo abre sólo para mí.
Trier fue una sorpresa muy grata. Mis expectativas, basadas en mi ignorancia, no eran altas. Algo había escuchado de la Porta Nigra y de la casa de Marx: nada más. A decir verdad, el museo de Carlitos es más bien decepcionante, yo esperaba manuscritos, novedades, reliquias, y en cambio me encontré minuciosamente desplegada la historia de sus ideas y las consecuencias/influencias que tuvieron, las zonas que permearon: y todo eso ya me lo enseñan en la universidad.
Fuera de eso, es una ciudad hermosísima, la ciudad más vieja de Alemania, plagada de construcciones antiquísimas, que caminé de punta a punta: me la fumé.
En la oficina de turismo de Schweich me crucé al intendente. Le conté mi historia, los motivos que me llevaban a visitar aquel pueblito tan poco visitado. Conmovido, el señor organizó mi día, me abrió contactos. Caminé por el lugar horas y horas, pasé por la casa donde nació mi abuelo, me perdí, me encontré. Mi sonrisa era imborrable. En la sinagoga me recibió el viejito que la cuida, la abrió para mi, me contó la historia. En la entrada, tras una vidriera, se exhibían varias fotos de hace un par de décadas, cuando, tras una iniciativa de la municipalidad, volvieron a Schweich después de cincuenta años los pocos judíos sobrevivientes que allí nacieron, para la reinauguración de la sinagoga. En la foto estaban mi oma, mi opa, su hermano y la esposa. Cómo lloré. Después, junto con el viejito y el intendente, fuimos al cementerio judío, donde quizá la mitad de las tumbas tienen mi apellido. Caía el sol cuando me llevaron a la casa del ex intendente, un demócrata en tiempos nazis, el encargado, décadas más tarde, de la recomposición de la relación con la comunidad judía. Un amigo de mi opa. Me recibió en su casa con una sonrisa de sorpresa, con ojos brillantes, y no me quería dejar ir. Yo tampoco quería irme. Charlamos un rato largo, y me regaló una botella de vino de Schweich y una foto de la sinagoga de hace noventa años.
Es que uno es injusto con las ciudades. Las respira, las palpa, las exprime y luego, en otro tiempo, en otra ciudad, abre un cuaderno e intenta volcar algo que transmita un poco esas sensaciones. Intenta enjaular ciudades, resumir su jugo en un trago. Y para eso los recuerdos, siempre parciales, siempre distorsionados, siempre ficciones. Entonces no es justo y qué rabia. Pero imagino cómo sería no hacerlo, no desdoblarme en el papel, y entonces pienso que qué le hace otra raya al tigre, que total el mundo, la vida, están llenos de injusticias, y que las hay peores.
martes, 9 de febrero de 2010
Berlín
Berlín es la ciudad más creativa que conocí.
La noche que llegué a Berlín fue la más fría de mi vida, demasiado frío para caminar, para fumar, para hablar: piel muerta.
En Berlín no pagué trenes, buses ni metro.
No sé describir Berlín, tengo recuerdos inconexos, creo que pasaron muchas cosas, demasiadas, a pesar de que estuve un día y medio encerrado.
A Berlín le debo una revancha, en verano.
En Berlín un doctor, que parecía no percatarse de mi pánico supremo a las agujas, me puso cinco inyecciones seguidas, las últimas tres en el pecho.
En Berlín fui a un edificio de cuatro plantas, un bloque viejo, despedazado, que está ocupado por artistas, muchos latinos. Paredes que superponen afiches, grafitis, pinturas, capas de tiempo.
En Berlín fui a bares blancos con camas, a una sala de té japonesa donde te sentás sobre almohadones con diseños de geishas, todo seda y terciopelo, a un bar con una mesa de ping pong donde juegan al mismo tiempo decenas de personas toda la noche.
Berlín, al igual que Estanbul, pero de una manera muy distinta, parece tomar una muestra del mundo, agotar sus posibilidades.
Yo no viví Berlín sino su invierno despiadado.
A veces Berlín parece una pieza de arte expermiental.
Mi primera noche en Berlín fui a un bar que era una casa de ocupas, tocaba una banda chilena que hizo un cover de la Bersuit. En el intermedio, un dj pasaba merengue de los noventas, una tras otra las canciones que llenaban mis noches pre-púberes de minitecas (creo que en Argentina le dicen "asaltos"). Recuerdo escuchar "aquí se viene Azul Azul con este baile que es una bomba", y luego, repiqueteo de tambores: Bombón asesino. Recuerdo haber pensado que nunca en mi vida había visto algo menos atractivo que un alemán que intenta seducir con su baile.
En Berlín me quedé en casa de una amiga, en casa de sus padres, ella peruana que no paraba de alimentarme con comida naturista y prepararme té. Durante dos días se fueron a pasar navidad a Wolfsburgo, y me dejaron las llaves. El depto quedaba en uno de los dos edificios donde filmaron "Good bye Lenin".
Recuerdo un jugo de mango con yoghurt en un restaurant indio.
Recuerdo haber visitado un departamento donde la calefacción era un horno a carbón.
En Berlín casi no tomé fotos, no tuve ganas.
En Berlín me enteré que Leo, el hermano de mi abuelo que murió en Auschwitz, estuvo refugiado en Bélgica durante la guerra.
En Berlín di vueltas suspendido en la noche iglú, sentado en unas altas sillas voladoras que giraban violentas por encima del paisaje urbano que estiraba sus piernas iluminadas.
Un par de veces fui a un antro donde sonaba una música industrial, una maquinaria oscura y electrónica, digamos un NIN potenciado. Recuerdo un ataúd que decía que si ponías una moneda podía pasar algo o no, recuerdo lenguas lesbianas en un rincón apagado, un foco azul, tres tipos escribiendo un ensayo acerca de porqué no había sexo en la Alemania soviética, recuerdo un aire tóxico, una sensación de sótano, y que era el único lugar abierto a esa hora.
En Berlín no sé.
En Berlín el muro, claro, y el nazismo. Recuerdo dos memoriales, dos obras de arte dedicadas al Holocausto. Recuerdo sentirlas con un frío indescriptible, y preguntarme hasta dónde se estira la cuerda de lo que uno puede llamar obra de arte.
Me recuerdo perdido en un lugar lejano, punta este de la ciudad, la noche navideña. Recuerdo las calles vacías, el ambiente hostil, algunos grupos de skinheads y una propuesta homosexual.
De Berlín recuerdo sus tatuajes y sus crestas, y un grupo de chicos que se divertían gritándonos desaforadamente en la cara, a quemaropa, o a quemacara.
Recuerdo estar con dos amigas y quince gramos de maría fresca, recién cortada, en los bolsillos. Recuerdo el aroma penetrante, inocultable, y haber pasado toda la tarde en el museo judío, tiñendo la historia yiddish de fragancias cannábicas.
En Berlín alguien vino a visitarme, alguien con quien meses atrás descubrí mi esquina en Barcelona.
Cerca del centro de Berlín hay una sala con varias sillas y una obra de arte. Se llama la Sala del silencio, y esa es su única función.
Las putas de Berlín serían modelos de alta gama en Sudamérica.
Recuerdo el suelo urbano como un solo bloque de hielo tras la nieve y la lluvia.
Mi última noche en Berlín salí por única vez a caminar solo: salí Berlín. Recuerdo que me detuve y sonaban profundas, con su eco solemne las campanas de la catedral, el repique virtuoso de un percusionista callejero
en su pequeño timbal, el tren queseacercapasayseva dejando pelos revueltos, los graznidos magnéticos, tenebrosos de los cuervos que volaban en círculo alrededor de las cimas afiladas de la catedral gótica y sus faroles viejos. Recuerdo la presencia gris y fantasmal de los monoblocs soviéticos, las fachadas ornamentadas con disparos, una aguja que se levantaba inalcanzable como una torre de babel y desaparecía brumosa en las alturas, una rueda de parque de diversiones que giraba como un goliat de neón, ramas escuálidas, luna llena, noche sin estrellas.
La noche que llegué a Berlín fue la más fría de mi vida, demasiado frío para caminar, para fumar, para hablar: piel muerta.
En Berlín no pagué trenes, buses ni metro.
No sé describir Berlín, tengo recuerdos inconexos, creo que pasaron muchas cosas, demasiadas, a pesar de que estuve un día y medio encerrado.
A Berlín le debo una revancha, en verano.
En Berlín un doctor, que parecía no percatarse de mi pánico supremo a las agujas, me puso cinco inyecciones seguidas, las últimas tres en el pecho.
En Berlín fui a un edificio de cuatro plantas, un bloque viejo, despedazado, que está ocupado por artistas, muchos latinos. Paredes que superponen afiches, grafitis, pinturas, capas de tiempo.
En Berlín fui a bares blancos con camas, a una sala de té japonesa donde te sentás sobre almohadones con diseños de geishas, todo seda y terciopelo, a un bar con una mesa de ping pong donde juegan al mismo tiempo decenas de personas toda la noche.
Berlín, al igual que Estanbul, pero de una manera muy distinta, parece tomar una muestra del mundo, agotar sus posibilidades.
Yo no viví Berlín sino su invierno despiadado.
A veces Berlín parece una pieza de arte expermiental.
Mi primera noche en Berlín fui a un bar que era una casa de ocupas, tocaba una banda chilena que hizo un cover de la Bersuit. En el intermedio, un dj pasaba merengue de los noventas, una tras otra las canciones que llenaban mis noches pre-púberes de minitecas (creo que en Argentina le dicen "asaltos"). Recuerdo escuchar "aquí se viene Azul Azul con este baile que es una bomba", y luego, repiqueteo de tambores: Bombón asesino. Recuerdo haber pensado que nunca en mi vida había visto algo menos atractivo que un alemán que intenta seducir con su baile.
En Berlín me quedé en casa de una amiga, en casa de sus padres, ella peruana que no paraba de alimentarme con comida naturista y prepararme té. Durante dos días se fueron a pasar navidad a Wolfsburgo, y me dejaron las llaves. El depto quedaba en uno de los dos edificios donde filmaron "Good bye Lenin".
Recuerdo un jugo de mango con yoghurt en un restaurant indio.
Recuerdo haber visitado un departamento donde la calefacción era un horno a carbón.
En Berlín casi no tomé fotos, no tuve ganas.
En Berlín me enteré que Leo, el hermano de mi abuelo que murió en Auschwitz, estuvo refugiado en Bélgica durante la guerra.
En Berlín di vueltas suspendido en la noche iglú, sentado en unas altas sillas voladoras que giraban violentas por encima del paisaje urbano que estiraba sus piernas iluminadas.
Un par de veces fui a un antro donde sonaba una música industrial, una maquinaria oscura y electrónica, digamos un NIN potenciado. Recuerdo un ataúd que decía que si ponías una moneda podía pasar algo o no, recuerdo lenguas lesbianas en un rincón apagado, un foco azul, tres tipos escribiendo un ensayo acerca de porqué no había sexo en la Alemania soviética, recuerdo un aire tóxico, una sensación de sótano, y que era el único lugar abierto a esa hora.
En Berlín no sé.
En Berlín el muro, claro, y el nazismo. Recuerdo dos memoriales, dos obras de arte dedicadas al Holocausto. Recuerdo sentirlas con un frío indescriptible, y preguntarme hasta dónde se estira la cuerda de lo que uno puede llamar obra de arte.
Me recuerdo perdido en un lugar lejano, punta este de la ciudad, la noche navideña. Recuerdo las calles vacías, el ambiente hostil, algunos grupos de skinheads y una propuesta homosexual.
De Berlín recuerdo sus tatuajes y sus crestas, y un grupo de chicos que se divertían gritándonos desaforadamente en la cara, a quemaropa, o a quemacara.
Recuerdo estar con dos amigas y quince gramos de maría fresca, recién cortada, en los bolsillos. Recuerdo el aroma penetrante, inocultable, y haber pasado toda la tarde en el museo judío, tiñendo la historia yiddish de fragancias cannábicas.
En Berlín alguien vino a visitarme, alguien con quien meses atrás descubrí mi esquina en Barcelona.
Cerca del centro de Berlín hay una sala con varias sillas y una obra de arte. Se llama la Sala del silencio, y esa es su única función.
Las putas de Berlín serían modelos de alta gama en Sudamérica.
Recuerdo el suelo urbano como un solo bloque de hielo tras la nieve y la lluvia.
Mi última noche en Berlín salí por única vez a caminar solo: salí Berlín. Recuerdo que me detuve y sonaban profundas, con su eco solemne las campanas de la catedral, el repique virtuoso de un percusionista callejero
en su pequeño timbal, el tren queseacercapasayseva dejando pelos revueltos, los graznidos magnéticos, tenebrosos de los cuervos que volaban en círculo alrededor de las cimas afiladas de la catedral gótica y sus faroles viejos. Recuerdo la presencia gris y fantasmal de los monoblocs soviéticos, las fachadas ornamentadas con disparos, una aguja que se levantaba inalcanzable como una torre de babel y desaparecía brumosa en las alturas, una rueda de parque de diversiones que giraba como un goliat de neón, ramas escuálidas, luna llena, noche sin estrellas.
Frankfurt
Ciudad a la que no se me había ocurrido ir. Ciudad de empresarios y oferta sexual interminable. Ciudad de rascacielos y puentes angostos que iluminan las caminatas nocturnas a orillas del río. Ciudad en la que visité la muy aristocrática casa de Göethe y una fascinante exposición de esculturas encargadas por Mao, personajes sufrientes que denuncian con su furia la explotación que sufre el campesinado. Gestos exacerbados de la revolución cultural.
Ciudad de ferias navideñas que ofrecen salchichas, pesebres, vino caliente. Ciudad donde en el jardín de palmeras no había palmeras y donde por primera vez vi un lago congelado. Ciudad que nunca olvidaré, ciudad mágica porque nevó, por fin nevó. Cuando pasó lo de Buenos Aires, hace un par de años, yo estaba en Mar del plata. Y antes de eso había visto nieve, pisado nieve, jugado. Pero fue siempre el gusto agridulce de la nieve durmiente, la que flotó mientras yo soñaba o caminaba en otra ciudad. Y ahora la viví caer, la sentí traspasar mis pómulos, borrar con su blanca, frágil ligereza el pasado oscuro.
Unos días después, abrí "Papeles inesperados" y desemboqué en "Peripecias del agua" y pensé: sí, eso, exactamente.
Ciudad de ferias navideñas que ofrecen salchichas, pesebres, vino caliente. Ciudad donde en el jardín de palmeras no había palmeras y donde por primera vez vi un lago congelado. Ciudad que nunca olvidaré, ciudad mágica porque nevó, por fin nevó. Cuando pasó lo de Buenos Aires, hace un par de años, yo estaba en Mar del plata. Y antes de eso había visto nieve, pisado nieve, jugado. Pero fue siempre el gusto agridulce de la nieve durmiente, la que flotó mientras yo soñaba o caminaba en otra ciudad. Y ahora la viví caer, la sentí traspasar mis pómulos, borrar con su blanca, frágil ligereza el pasado oscuro.
Unos días después, abrí "Papeles inesperados" y desemboqué en "Peripecias del agua" y pensé: sí, eso, exactamente.
Estanbul
Estanbul es una ciudad rarísima, indescriptible, inasible, inclasificable. Estanbul es una ciudad con un movimiento caótico, frenético, pero no es una ciudad ruidosa: más bien diría lo contrario. Estanbul tiene más de quinientas, quizá más de seiscientas líneas de colectivo. Estanbul tiene ese juego constante, esa tensión indecisa entre antigua y moderna, cristiana y musulmana, asiática y europea. Ciudad de puentes intercontinentales, mezquitas que congelan el tiempo y la mirada, bazares donde no hay nada que no se consiga, nada que no se quiera comprar, y donde hay que tener una autodisciplina casi militar para no sucumbir a los encantos de los mejores vendedores del mundo, que siempre te hacen reir y saben hablar por lo menos cinco idiomas aprendidos de sus clientes.
Ciudad que tiembla cinco veces al día por los ensordecedores bramidos arabezcos que se elevan a gritos como plegarias al cielo desde los altavoces de las mezquitas innumerables. Ciudad acogedora en la que una vez me quisieron besar la mano cuando dije que mi apellido y mis ideales corren en direcciones opuestas. Ciudad donde salí con una japonesa que fotografía incesantemente a su mascota de peluche, un panameño que, como el otro que conozco, le encanta hablar de filosofía sin tener la menor idea, un inglés que vino desde Londres a Estanbul en bicicleta, y un brasilero que, porro de por medio, me relató que una vez fue con dos amigos a una casa de campo en la que se quedaron cuatro días y consumieron, cada uno, cuatro frascos de popper. Y que desde aquella vez se borró casi todo su pasado, no recuerda su infancia, reconoce caras pero no las conecta con nombres, tiene la certeza de que su memoria ha barrido algunas cosas muy importantes en su vida sin dejar la menor huella.
Creo que Estanbul fue la única ciudad donde no escuché argentinos, lo cual demuestra hasta qué punto llega su magia.
Ciudad que en su pretenciosidad parece agotar la condición humana, metrópoli abigarrada que no da respiro y no deja nada por fuera, todos los colores, los tamaños y las formas, los idiomas, las fachadas y las épocas, los aromas, los materiales y los recursos, las texturas, estructuras y quimeras posibles, imaginables. Estanbul es una brasa que derrite deliciosamente la corteza y contenido del verosímil occidental.
En Estanbul tomé litros de jugo de granada y unas cuantas tazas de sahlep, bebida regional de leche caliente con canela y vainilla, que evocó en mi paladar el recuerdo de aquella gloriosa bebida espesa: la chicha. La venezolana, porque la que hacen en Argentina no me gusta.
Ciudad donde todos los días me regalaron algo y donde jugué futbol con decenas de niños en una plaza cuyo límite traspasaba el horizonte.
Ciudad en la que ocurrió un incidente que no comentaré ahora. Sólo diré que mi vuelo Estanbul-Frankfurt no fue arbitrario ni casual.
Ciudad alucinante.
Ciudad que tiembla cinco veces al día por los ensordecedores bramidos arabezcos que se elevan a gritos como plegarias al cielo desde los altavoces de las mezquitas innumerables. Ciudad acogedora en la que una vez me quisieron besar la mano cuando dije que mi apellido y mis ideales corren en direcciones opuestas. Ciudad donde salí con una japonesa que fotografía incesantemente a su mascota de peluche, un panameño que, como el otro que conozco, le encanta hablar de filosofía sin tener la menor idea, un inglés que vino desde Londres a Estanbul en bicicleta, y un brasilero que, porro de por medio, me relató que una vez fue con dos amigos a una casa de campo en la que se quedaron cuatro días y consumieron, cada uno, cuatro frascos de popper. Y que desde aquella vez se borró casi todo su pasado, no recuerda su infancia, reconoce caras pero no las conecta con nombres, tiene la certeza de que su memoria ha barrido algunas cosas muy importantes en su vida sin dejar la menor huella.
Creo que Estanbul fue la única ciudad donde no escuché argentinos, lo cual demuestra hasta qué punto llega su magia.
Ciudad que en su pretenciosidad parece agotar la condición humana, metrópoli abigarrada que no da respiro y no deja nada por fuera, todos los colores, los tamaños y las formas, los idiomas, las fachadas y las épocas, los aromas, los materiales y los recursos, las texturas, estructuras y quimeras posibles, imaginables. Estanbul es una brasa que derrite deliciosamente la corteza y contenido del verosímil occidental.
En Estanbul tomé litros de jugo de granada y unas cuantas tazas de sahlep, bebida regional de leche caliente con canela y vainilla, que evocó en mi paladar el recuerdo de aquella gloriosa bebida espesa: la chicha. La venezolana, porque la que hacen en Argentina no me gusta.
Ciudad donde todos los días me regalaron algo y donde jugué futbol con decenas de niños en una plaza cuyo límite traspasaba el horizonte.
Ciudad en la que ocurrió un incidente que no comentaré ahora. Sólo diré que mi vuelo Estanbul-Frankfurt no fue arbitrario ni casual.
Ciudad alucinante.
jueves, 14 de enero de 2010
Kiato, Atenas y Salónica, 15/1/10
Despues de tres trenes, un colectivo y un ferry de dieciseis horas, llegue a Grecia. Di unas vueltas por Patras y me subi al primer tren a Atenas. Despues de un rato, el tren se detuvo en medio de la nada. Y la nada griega es la nada absoluta, ya lo dijo hace dos mil quinientos anios un gay barbudo que dedicaba sus dias al divague mental mientras un esclavo le abanicaba el pecho. Un par de simpatiquisimas chicas griegas con unas tetas que me hicieron pestanear cuatro veces me dijeron que el tren terminaba ahi, y que habia que tomar dos colectivos mas para llegar a la capital. Charlamos mientras el bus estaba en movimiento, y poco antes de llegar, luego de darme sus mails y telefonos por si queria saber cualquier cosa durante mi estadia, les pregunte cuales eran sus planes. Ellas se quedaban en Kiato, un pueblito de mil quinientas personas, donde viven los padres de una, a pasar el fin de semana. Me uni a ellas. Pasamos la noche con sus amigos (es decir, toda la juventud del lugar) un un cafe. Joanna, la unica que hablaba ingles, siempre traducia. En la tele pasaban el sorteo del mundial, en el que justamente Argentina y Grecia quedaron en el mismo grupo.
Yo pedi una cerveza, pero luego imite al resto y me tome un cafe frappe que, por algun motivo, todos pensaban que es algo que solo existe en Grecia: no tenia sentido desmentirlos.
Conversacion heterogenea, como siempre, ramificada. Cada vez me sorprende mas el nivel de asimilamiento que tienen los europeos con respecto a la cocaina, y lo ninios que son cuando empiezan a consumirla.
Jugamos juegos de mesa griegos y cenamos soublakia (delicia local que consiste en un pan de pita en forma de cucurucho, relleno de papas fritas, tomate, cebolla, carne y una salsa hecha a base de yogurt).
Todos los chicos me preguntaron si en Brasil las chicas son tan sexys como ellos piensan.
Mis amigas dijeron que conocen a Natalia Oreiro y nombraron uno por uno todos los personajes de Marimar y Maria la del barrio. Aun me cuesta creerlo.
Me preguntaron si tambien en mi pais los pueblitos bullen de chismes que hacen la vida mas bien insoportable, y les dije que pueblo chico...
En Kiato no habia hosteles ni lugares publicos donde pudiera tirar mi bolsa de dormir, asi que pague el doble de lo que suelo pagar, por una habitacion de hotel con dos camas y tele y aire acondicionado y un balconcito que, teniendo en cuenta que venia gastando muy poco y que la noche anterior habia dormido contorsionado entre dos sillas de madera, no era tan grave y mi cuello lo pedia a gritos.
A la maniana siguiente fuimos al mismo cafe, la misma gente. Un par de horas luego, un amigo de ellas me llevo en moto a la estacion. Con la mochila colgando de los hombros, miraba hacia atras, veia que un pueblo fantasma desaparecia en el horizonte. Sonreia por el pasado reciente, por el amor hacia lo inesperado. Sentia el viento frio reventar contra mi cara, traspasarme, y era inmensamente libre y feliz.
Llegue a Atenas de noche, tire mi mochila sobre un colchon y sali a caminar. Algunas cosas me sorprendieron por su abundancia: locales de tematica erotica (sex shops, strippers, cines), basura en la calle y policias (cada dos esquinas, en grupos que iban desde siete u ocho -no menos- hasta cuarenta). Asustan.
Esa primera noche me perdi, quiza mis pies me llevaron hasta los limites de la ciudad, y lo unico que me gusto fue una placita rectangular escondida entre dos iglesias, con algunos bares de luces rosas donde sonaba Depeche Mode y promocionaban ron venezolano.
Pintadas anarcas y afiches comunistas a centenares, pero esto no sorprende: a los griegos los persigue su fama de tener una izquierda radical y envidiablemente combativa.
Gran parte de Atenas es, el peor de los adjetivos, normal. Me refiero a que es una ciudad que no transmite nada, con su amontonamiento de coches, sus negocios de ropa barata, sus ocres edificos cuadrados. Ciudad opaca.
Los dias siguientes me amigue con la ciudad. Le encontre sus rinconcitos, digamos. Sus iglesias antiguas rodeadas de columnas doricas, incrustadas como huespedes desubicados en el centro de plazas a las que hay que bajar en escaleras, sus cafecitos con terrazas que enfrentan la Acropolis.
Anduve por un paseo largo colmado de pequenios negocios a ambos costados. Entre souvenirs baratos y demas mierdas for export, entre cartreras LV falsas y adornos baratos de yeso, habia, cuando no, donde no, esas remeras con frases que tienden a balancearse entre la boludez y los archiconocidos formatos internacionales del estilo "I love Greece" o dos muniequitos casandose sobre la leyenda "game over". Sin embargo, dos se llevaron, humildente, el premio a la originalidad: "Three reasons to be a teacher: june, july, august" y "Edipus: the original motherfucker".
En ese mismo paseo me invitaron a entrar a un negocio de instrumentos musicales donde me ofrecieron tocar una especie de darbuka hecha con cuero de pez negro, que tenia un compartimento con agua que le daba un eco gelatinoso.
En Atenas la marihuana es mala y barata; te la venden unos yonquis en una plaza y viene dentro de cajitas de fosforos.
Una noche me tope tres veces con el suelo baniado de cristales molidos frente a las vidrieras rotas a piedrazos de grandes marcas de ropa. Al dia siguiente el olor a quemado infesto la ciudad, producto de un enfrentamiento entre grupos de izquierda que quemaban lo que tenian a mano y la policia, en una manifestacion en recuerdo del primer aniversario de la muerte de un chico que asesino la policia a gatillo facil.
Atenas me gusto mas desde arriba que desde el suelo. Desde la Acropolis se despliega una ciudad de paredes de un blanco cegador, techos de tejas escalonados, montanias como fortalezas, templos antiguos de gruesas columnas, espacios verdes como injertos arbitrarios en la epidermis urbana.
En Atenas me di cuenta de que para alegrarme el dia basta con que una cara arrugada se arrugue un poco mas cuando me dedica una sonrisa.
Envuelto en una frasada de tranquilidad, cierro esto sentado en el cafecito del Jardin Nacional: un laberinto de pergolas y arboles milenarios como jardines de Babilonia, de juegos infantiles y corrales de gallinas, de senderos de tierra que rodean un lago con peces y tortugas que es cruzado por un puente que me hace acordar mucho a un lugar que amo: el Jardin Japones.
La Acropolis y el Agora son lugares fascinantes, pero me aburre describirlos, caeria en un compendio de lugares comunes. Para mas info: wikipedia.
Llegue a Salonica a la tarde, tras bordear Grecia en tren. Camine un par de horas buscando la direccion de un lugar para dormir. En un momento de hastio estuve apunto de volverme a la estacion y subirme a la primera cosa que me lleve a Estanbul. No se si era mas complicado encontrar la calle, un telefono publico o un griego que hable ingles.
El hostel es genial, y en realidad no es un hostel, sino un departamento en el que solo estamos una chica, que todavia no conoci, y yo. Los duenios son tres mochileros que no viven ahi y no aceptan dinero en sus manos: cada quien pone lo que le parece en una cajita que hay sobre un mueble.
Hace rato sali a caminar junto al mar. A lo lejos, las luces de la ciudad. El cielo negro sin estrellas, el mar de un oscuro brumoso indistinguible, y entonces un muelle. Y luego del muelle, mar y cielo remolachas. Y luego un circulo de pasto y marmol con quince tubos gigantes de acero de los que colgaban un monton de paraguas iluminados en claroscruro por unos faros amarillos. Y una torre blanca que tiene quinientos anios y que es igual a la ficha de ajedrez pero de piedra y con muchas ventanas. Y una fuente de aguas danzantes. Y una peatonal en subida con tiendas de discos de coleccion y una excavacion arqueologica y unos cuantos cafecitos, en uno de los cuales estoy sentado ahora, con el boligrafo de la camarera, un chill out que ambienta a luz de vela, un techo gris azulado y una decoracion de gusto moderno. Y la sensacion, sobre todo, de que Salonica es mucho mas linda que Atenas.
Mas fea o mas linda, Salonica es siempre mas expresiva que Atenas. Y la gente es mas calida y sonriente. Tiene muchas mas cosasa para ver, y con una distribucion mas caotica, mas sorpresiva. Y sus docenas de iglesias bizantinas. Y cuando me cansaba, o la lluvia aumentaba su inclemencia, siempre encontre algun cafecito con ambiente para sentarme a escribir.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Pompeya y Nápoles, 30/12/09
Las Ruinas de Pompeya son un lugar único en el mundo. Una ciudad con sus callecitas, sus puertas y fachadas, sus ventanas, templos, columnas, sus panaderías, termas, burdeles y edificios de administración pública, sus fuentes de ricos, sus rincones de pobres, sus teatros, anfiteatros y mosaicos. Una ciudad, Pompeya, que quedó enteramente sepultada bajo la lava del Vesuvio una maniana de agosto del 79 D.C. Una ciudad que sigue siendo una ciudad, pero inhabitada, inmóvil. Una ciudad en la que sigue en pie el anfiteatro más antiguo que aún existe y donde, en la fachada de una casa, todavia se puede leer, como signo de status, "cave canem", la más vieja de las placas que indica "cuidado con el perro".
Sin duda, el arte que se conserva, erosionado por el polvo de los milenios, son maravillosos reflejos interpretativos del pasado.
Ahora bien, lo más impresionante de todo: el burdel. El único de los veinticinco burdeles pompeyanos de aquel entonces que no se disfrazaba de otra cosa. Cinco habitaciones pequenias con sus camas de piedra, sus almohadas de piedra, y un dibujo fascinante encima de la puerta de cada pieza, un dibujo que representa una posición sexual entre un hombre y una mujer, la especialidad de la chica que trabajaba en esa habitación. Quedan regitros de los proxonetas, los precios, la clientela de esta sociedad que, a la hora de hablar de sexo, o de practicarlo, no entendía de tabúes, como debe ser.
En la estación de Nápoles perdí un tren por segunda vez, e igual que la anterior, llegué corriendo al andén cuando el tren aún estaba detenido, mientras me acerco comienzana sonar los motores, y un par de segundos antes de llegar a la puerta el tren arranca, arranca pero va más lento que tus pasos, y vos te quedás con la mano enganchada a la puerta, acompanias al tren como en una despedida dolorosa, la velocidad aumenta y empezás a correr sin despegar la mano de la puerta, hasta que te cansás y te das cuenta de que es inútil, maldecís tu suerte, puteas al aire varias veces, descargás energia, sentís que estás transpirado, hace frío pero el sudor te brota como riachuelos congelados, y tenés encima una mochila de quince kilos, un bolsito cruzado y una bolsa de dormir, y lanzás todo eso contra una columna y te sentás, prendés un cigarrillo, te ponés los auriculares con una canción que te guste mucho, controlás tu respiración y te tomás el próximo tren.
Napoles es una ciudad de rostros proletarios y fachadas abandonadas, largas subidas angostas abigarradas de ropa tendida, pintadas anarquistas. En Napoles hay una iglesia cuyo interior no difiere mucho del Vaticano. En Napoles unos estudiantes de de una escuela publica de arte se manifestaban con altavoces y consignas tan tan UBA. En Napoles falta el aire en las calles estrechas, demasiada gente, demasiados negocios, los autos te pisan. Napoles fue navidad y Maradona a cualquier lugar donde volteara. Argentina, me decian, e molto grande nel mio cuore. En Napoles hay castillos a orillas del mar y jovenes como salpicones dibujando a lapiz algun retrato o paisaje, sentados en algun punto cualquiera de la vereda. Napoles es una ciudad de fachadas descascaradas, rostros descascarados. En Napoles la musica emanaba de radios de la epoca en que el cassette estaba recien salido del horno.
Llegué a Pompeya al mediodía. Fui a la oficina de información para preguntar un par de cosas. Mientras escuchaba el parloteo incesante de la ambalísima seniora y recibía suficientes folletos como para empapelar a un hipopótamo, pensaba que se me estaba haciendo tarde para ir a las ruinas, y que me tendría que quedar un día más en Pompei. No me hice problema, la verdad, no tengo mucho apuro. Al final me dijo que el hospedaje más barato era una especie de minicaravana que te alquilaban en un camping, a poco más de un kilómetro. Agarré mis cosas y encare en esa dirección. Había caminado menos de dos cuadras cuando un auto freno junto a mí, bajo la ventanilla, y el conductor me preguntó adónde iba, si estaba recién llegado, si hablaba espaniol. Sí, le dije, al Camping Spartacus. Subí que te llevo, dijo, y yo contesté grazie mile y me subí. Me contó que era el duenio de la oficina de turismo y me preguntó si tenía dos minutos, porque tenía que buscar al chico en la escuela y llevarlo a la casa. Después dimos unas vueltas mientras charlábamos de todo, de Italia, de Argentina, de costumbres y comidas, de nosotros. Dijo que tenía treinta y cuatro anios, dos hijos, que estuvo casado una década y se divorció hace seis. Dijo que tenía un B&B, y que podíamos ir a verlo. Dijo que yo estaba ahí como amigo y no como cliente, me convidó un café y dos cigarrillos. Ya me habían dicho que los italianos del sur eran así, más hospitalarios, más sencillos, menos chetos que los del norte. Pero esto ya me parecía demasiado. Me dijo que si el lugar y la habitación me gustaban, me podía quedar gratis todos los días que quiera.
Me contó que está en pareja hace tres anios con una chica muy linda, de veintidós, que viven juntos (su casa es el B&B), que tienen una relación tranquila, libre y abierta. Que se llama María.
Me preguntó si me gustaba fumar. Dijo que a María le encantaba. Me llevó a la casa y dejé mis cosas. Me preguntó si la casa me gustaba, si la habitación estaba bien. Con las pupilas brillantes, asentí. El cuarto para mi solo, con un cuadro, una mesa de luz con lámpara, una plantita con flores, una mesa, un escritorio, un espejo y un placard. En la casa, colmada de objetos antiguos, hay cinco habitaciones y un jardín donde se pasea un perro que parece un león y costó cuatro mil euros.
Me llevó a la oficina, conocí a María (que trabaja ahí), charlamos un rato y nos fuimos a comprar marihuana. Quise pagar la suya, mínimo gesto de retribución, pero no me dejó. Armó un porro mientras manejaba y hablábamos de cualquier tema y me seguía ofreciendo cosas. En un momento le pregunté qué pensaban de Berlusconi. Dijo que es un tipo muy capaz, de una inteligencia finísima, que había hecho muchas cosas y que no había mejor alternativa. Dijo que era de la linea de Hitler y Mussolini. Le pregunté si esa linea le gustaba. Contestó que sí, que siempre había sido de derecha, que se recuerda con seis o siete anios siguiendo a las juventudes nacionalistas. Me preguntó qué era yo. Anarquista, dije. Nunca entendí la anarquía, dijo. Pero suelo decir que soy de izquierda, es parecido y es más fácil de entender y de explicar. Nunca pude pensar en términos de izquierda, dijo. Sin la menor agresión, seguimos la conversación un rato más.
Llegamos de nuevo a la oficina y prendimos otro porro. Entre pitada y pitada me pregunto si podia ayudarlo en algo diez minutos, y luego nos iriamos a casa. Por supuesto. Me llevo frente a una mesa baja de madera, pintada de rojo. Me dio un papel de lija y me dijo que empezara, mientras el hacia lo mismo con unas sillas. Comence a lijar la tabla por dentro y por fuera. Lo hice con tranquilidad, procurando hacerlo mas o menos prolijo, luchando contra mi absoluta inexperiencia en ese y otros oficios manuales, y sobre todo contra mi grima: la lija y la goma espuma son las unicas dos cosas que me causan ese erizar de pelos terrible que a otros les causa el tenedor raspando la olla o las unias raspando el pizarron. Cuando termine con las dos mesas, me pidio que las pinte. Me alcanzo una brocha y un frasco de agua de tinta o tinta de agua, no se como se dice. Mientras pintaba, no podia evitar acordarme de mi opa, que siempre le gustaba hablar de su muebleria. Llegaron otras personas y se quedaron un rato largo charlando con Maria y Carmine en la oficina. Yo seguia sumando capas de pintura en la vereda. Cada media hora venia el y me decia que en diez minutos nos iriamos a casa. Nos encerramos un par de veces mas en la oficina a fumar porro. Finalmente nos fuimos. Me duche y nos sentamos a cenar.
Durante la cena, me vi obligado a derribar un obstaculo que creia insuperable: la lechuga. La cena estuvo muy bien, fluia el vino tinto y la conversacion. Durante la cena, me dijo que si el me viera en la calle pensaria que soy suizo, austriaco, quiza aleman. Me pregunto de donde salia mi pasaporte aleman. Abuelos, judios, nazismo. Ah, hebrei?, sobrevivientes?, dijo sorprendido, y agrego, despues de un silencio tenso: yo soy de derecha, volviendo a lo anterior, pero... mmm.. creo que esas cosas no estan bien. No, claro, claro.
Carmine prendia un porro tras otro. Maria se negaba a fumar en un principio. Dijo que antes fumaba todas las noches, pero que hace tres meses habia dicho basta y no volvio a tocarla. Cuando yo fumaba, desde el otro lado de la mesa Carmine me hacia senias de que le pasara el porro a ella, que le insistiera, hasta que Maria cedio. Despues de un rato a Maria se le antojo dulce y el y yo nos fuimos a conseguirle rococo, una masa tipica que sabe a nuez. A poco de empezar el camino, el me dijo que esta era una noche especial. Que la veia bien a Maria, contenta, muy relajada. Que habia fumado por primera vez en tres meses y que todo eso tenia que ver conmigo, con que a ella le gusta mi presencia. Seguimos dandole vueltas al tema, sutilmente. Me recordo que la relacion de ellos es abierta. Y que el destino nos habia cruzado. Cada tanto, me preguntaba si yo entendia. Seguia hablando de lo mismo, de a poco agregaba elementos. Me dijo que creia que, de una manera muy tranquila, yo le gustaba a Maria. Y ella a mi. Y que el no tendria problemas si yo quisiera estar con ella, porque si esta contenta a el le basta. Dijo, despues de unos minutos, que era la fantasia de ella. Y un poco de el. Que nunca lo habian hecho, que pensaba que yo era el indicado, siempre y cuando yo este de acuerdo con la idea y Maria me guste. Lo pense unos instantes. Le pregunte si estaba seguro, si no habia problemas. Le dijo que Maria era linda y que la idea me parecia bien. Respondio mis pocas preguntas, dijo que Maria era una chica muy dulce y muy delicada, que quiza con un par de besos ya estaba bien o que quizas. Dijo que todo dependeria del fluir de las cosas, que Maria podia querer estar conmigo, con el o con los dos. Que el estaria presente, y que no creia que Maria y yo fuesemos a tener sexo propiamente dicho. Dijo que le gustaria que pasara esa misma noche, pero que si no, de todos modos, yo me quedaria dos noches mas con ellos. Entonces me baje del auto y fui a comprar los dulces, pero ya habian cerrado. Me dijo que esa noche trate algo, un beso, una caricia. Volvimos. Maria estaba en el sillon mirando tele, con ojeras. Charlamos un rato, ella se quedo dormida y el se fue. Antes de desaparecer, me hizo una senia. Esta dormida, le dije. No importa, despertala y fijate. Delicadeza, mucha delicadeza. Intente despertarla, pero apenas abrio los ojos llamo a Carmine. Vino y hablamos un rato. Ella dormida de nuevo, y el se vuelve a ir. Dijo que no hacia falta que la despierte, que intente acercarme y acariciarla un poco. Se fue. Eso hice. Esta vez, cuando ella desperto y me vio tan cerca, lo volvio a llamar, pero mas fuerte. El volvio, y todos nos fuimos a dormir.
Despues de desayunar me fui a ver las ruinas. Estuve todo el dia ahi, y cuando volvi a la oficina vi caras largas, gestos fastidiosos, me parecio que discutian. Mientras ibamos a casa, nadie dijo una palabra. A la hora de cenar, el no vino a la mesa. Le pregunte a Maria si estaba todo bien. Me contesto que Carmine no tenia hambre, problema de trabajo, esta muy nervioso. Ahora se tiene que ir, y yo me voy con el. Volvemos en un rato. Prendi un porro y me sente a leer con musica de fondo. Hora y media, dos horas despues volvieron. Me saludaron con un gesto y se fueron directamente a la habitacion. Al rato yo tambien me fui a dormir. La luz de su habitacion seguia prendida, y se escuchaban voces. Apague la luz y me acoste. A los cinco minutos entro Carmine y me pregunto si queria fumar. Fui. Me conto los problemas laborales, un socio lo habia estafado. Luego retomo el tema de la noche anterior. Me pregunto si le habia dado un beso, y le conteste que no habia pasado nada. Le dije que no estaba muy seguro de que Maria quisiera algo conmigo. Me dijo que el creia que si. Que hoy ella le habia hablado de mi. Me pidio que la fuera a buscar y le diga que venga. Para que, esta durmiendo. Vos decile que venga cinco o diez minutos. Golpee la puerta, llame su nombre, pero nadie respondio. Desde el living, el me decia que abra la puerta, entre, la despierte y le pregunte si quiere venir un rato con nosotros. Si dice que no, insistile. Le dije que no, que ya era demasiado despertarla, que no insistiria ni una vez. La desperte y ella dijo que queria seguir durmiendo. Volvi al living y el me dijo algo que no entendi. Mi italiano es pesimo, pero su ingles y su espaniol son aun peores, asi que siempre hablamos en italiano. Lo que no entendi podia significar: ella me hablo de vos para maniana; voy a hablarle de vos para maniana; maniana voy a hablar con ella. Y nos fuimos a dormir.
Podria continuar la descripcion minuciosa del dia siguiente y de la maniana posterior, pero seria llover sobre mojado. Maria nunca quiso nada, y nunca se libero el juego retorcido de tener un trio con dos nazis hospitalarios. Quiza cuando llegue a Buenos Aires les mande una botella de vino tinto. A Maria le gusta.
Final insipido de la historia telarania.
Sin duda, el arte que se conserva, erosionado por el polvo de los milenios, son maravillosos reflejos interpretativos del pasado.
Ahora bien, lo más impresionante de todo: el burdel. El único de los veinticinco burdeles pompeyanos de aquel entonces que no se disfrazaba de otra cosa. Cinco habitaciones pequenias con sus camas de piedra, sus almohadas de piedra, y un dibujo fascinante encima de la puerta de cada pieza, un dibujo que representa una posición sexual entre un hombre y una mujer, la especialidad de la chica que trabajaba en esa habitación. Quedan regitros de los proxonetas, los precios, la clientela de esta sociedad que, a la hora de hablar de sexo, o de practicarlo, no entendía de tabúes, como debe ser.
En la estación de Nápoles perdí un tren por segunda vez, e igual que la anterior, llegué corriendo al andén cuando el tren aún estaba detenido, mientras me acerco comienzana sonar los motores, y un par de segundos antes de llegar a la puerta el tren arranca, arranca pero va más lento que tus pasos, y vos te quedás con la mano enganchada a la puerta, acompanias al tren como en una despedida dolorosa, la velocidad aumenta y empezás a correr sin despegar la mano de la puerta, hasta que te cansás y te das cuenta de que es inútil, maldecís tu suerte, puteas al aire varias veces, descargás energia, sentís que estás transpirado, hace frío pero el sudor te brota como riachuelos congelados, y tenés encima una mochila de quince kilos, un bolsito cruzado y una bolsa de dormir, y lanzás todo eso contra una columna y te sentás, prendés un cigarrillo, te ponés los auriculares con una canción que te guste mucho, controlás tu respiración y te tomás el próximo tren.
Napoles es una ciudad de rostros proletarios y fachadas abandonadas, largas subidas angostas abigarradas de ropa tendida, pintadas anarquistas. En Napoles hay una iglesia cuyo interior no difiere mucho del Vaticano. En Napoles unos estudiantes de de una escuela publica de arte se manifestaban con altavoces y consignas tan tan UBA. En Napoles falta el aire en las calles estrechas, demasiada gente, demasiados negocios, los autos te pisan. Napoles fue navidad y Maradona a cualquier lugar donde volteara. Argentina, me decian, e molto grande nel mio cuore. En Napoles hay castillos a orillas del mar y jovenes como salpicones dibujando a lapiz algun retrato o paisaje, sentados en algun punto cualquiera de la vereda. Napoles es una ciudad de fachadas descascaradas, rostros descascarados. En Napoles la musica emanaba de radios de la epoca en que el cassette estaba recien salido del horno.
Llegué a Pompeya al mediodía. Fui a la oficina de información para preguntar un par de cosas. Mientras escuchaba el parloteo incesante de la ambalísima seniora y recibía suficientes folletos como para empapelar a un hipopótamo, pensaba que se me estaba haciendo tarde para ir a las ruinas, y que me tendría que quedar un día más en Pompei. No me hice problema, la verdad, no tengo mucho apuro. Al final me dijo que el hospedaje más barato era una especie de minicaravana que te alquilaban en un camping, a poco más de un kilómetro. Agarré mis cosas y encare en esa dirección. Había caminado menos de dos cuadras cuando un auto freno junto a mí, bajo la ventanilla, y el conductor me preguntó adónde iba, si estaba recién llegado, si hablaba espaniol. Sí, le dije, al Camping Spartacus. Subí que te llevo, dijo, y yo contesté grazie mile y me subí. Me contó que era el duenio de la oficina de turismo y me preguntó si tenía dos minutos, porque tenía que buscar al chico en la escuela y llevarlo a la casa. Después dimos unas vueltas mientras charlábamos de todo, de Italia, de Argentina, de costumbres y comidas, de nosotros. Dijo que tenía treinta y cuatro anios, dos hijos, que estuvo casado una década y se divorció hace seis. Dijo que tenía un B&B, y que podíamos ir a verlo. Dijo que yo estaba ahí como amigo y no como cliente, me convidó un café y dos cigarrillos. Ya me habían dicho que los italianos del sur eran así, más hospitalarios, más sencillos, menos chetos que los del norte. Pero esto ya me parecía demasiado. Me dijo que si el lugar y la habitación me gustaban, me podía quedar gratis todos los días que quiera.
Me contó que está en pareja hace tres anios con una chica muy linda, de veintidós, que viven juntos (su casa es el B&B), que tienen una relación tranquila, libre y abierta. Que se llama María.
Me preguntó si me gustaba fumar. Dijo que a María le encantaba. Me llevó a la casa y dejé mis cosas. Me preguntó si la casa me gustaba, si la habitación estaba bien. Con las pupilas brillantes, asentí. El cuarto para mi solo, con un cuadro, una mesa de luz con lámpara, una plantita con flores, una mesa, un escritorio, un espejo y un placard. En la casa, colmada de objetos antiguos, hay cinco habitaciones y un jardín donde se pasea un perro que parece un león y costó cuatro mil euros.
Me llevó a la oficina, conocí a María (que trabaja ahí), charlamos un rato y nos fuimos a comprar marihuana. Quise pagar la suya, mínimo gesto de retribución, pero no me dejó. Armó un porro mientras manejaba y hablábamos de cualquier tema y me seguía ofreciendo cosas. En un momento le pregunté qué pensaban de Berlusconi. Dijo que es un tipo muy capaz, de una inteligencia finísima, que había hecho muchas cosas y que no había mejor alternativa. Dijo que era de la linea de Hitler y Mussolini. Le pregunté si esa linea le gustaba. Contestó que sí, que siempre había sido de derecha, que se recuerda con seis o siete anios siguiendo a las juventudes nacionalistas. Me preguntó qué era yo. Anarquista, dije. Nunca entendí la anarquía, dijo. Pero suelo decir que soy de izquierda, es parecido y es más fácil de entender y de explicar. Nunca pude pensar en términos de izquierda, dijo. Sin la menor agresión, seguimos la conversación un rato más.
Llegamos de nuevo a la oficina y prendimos otro porro. Entre pitada y pitada me pregunto si podia ayudarlo en algo diez minutos, y luego nos iriamos a casa. Por supuesto. Me llevo frente a una mesa baja de madera, pintada de rojo. Me dio un papel de lija y me dijo que empezara, mientras el hacia lo mismo con unas sillas. Comence a lijar la tabla por dentro y por fuera. Lo hice con tranquilidad, procurando hacerlo mas o menos prolijo, luchando contra mi absoluta inexperiencia en ese y otros oficios manuales, y sobre todo contra mi grima: la lija y la goma espuma son las unicas dos cosas que me causan ese erizar de pelos terrible que a otros les causa el tenedor raspando la olla o las unias raspando el pizarron. Cuando termine con las dos mesas, me pidio que las pinte. Me alcanzo una brocha y un frasco de agua de tinta o tinta de agua, no se como se dice. Mientras pintaba, no podia evitar acordarme de mi opa, que siempre le gustaba hablar de su muebleria. Llegaron otras personas y se quedaron un rato largo charlando con Maria y Carmine en la oficina. Yo seguia sumando capas de pintura en la vereda. Cada media hora venia el y me decia que en diez minutos nos iriamos a casa. Nos encerramos un par de veces mas en la oficina a fumar porro. Finalmente nos fuimos. Me duche y nos sentamos a cenar.
Durante la cena, me vi obligado a derribar un obstaculo que creia insuperable: la lechuga. La cena estuvo muy bien, fluia el vino tinto y la conversacion. Durante la cena, me dijo que si el me viera en la calle pensaria que soy suizo, austriaco, quiza aleman. Me pregunto de donde salia mi pasaporte aleman. Abuelos, judios, nazismo. Ah, hebrei?, sobrevivientes?, dijo sorprendido, y agrego, despues de un silencio tenso: yo soy de derecha, volviendo a lo anterior, pero... mmm.. creo que esas cosas no estan bien. No, claro, claro.
Carmine prendia un porro tras otro. Maria se negaba a fumar en un principio. Dijo que antes fumaba todas las noches, pero que hace tres meses habia dicho basta y no volvio a tocarla. Cuando yo fumaba, desde el otro lado de la mesa Carmine me hacia senias de que le pasara el porro a ella, que le insistiera, hasta que Maria cedio. Despues de un rato a Maria se le antojo dulce y el y yo nos fuimos a conseguirle rococo, una masa tipica que sabe a nuez. A poco de empezar el camino, el me dijo que esta era una noche especial. Que la veia bien a Maria, contenta, muy relajada. Que habia fumado por primera vez en tres meses y que todo eso tenia que ver conmigo, con que a ella le gusta mi presencia. Seguimos dandole vueltas al tema, sutilmente. Me recordo que la relacion de ellos es abierta. Y que el destino nos habia cruzado. Cada tanto, me preguntaba si yo entendia. Seguia hablando de lo mismo, de a poco agregaba elementos. Me dijo que creia que, de una manera muy tranquila, yo le gustaba a Maria. Y ella a mi. Y que el no tendria problemas si yo quisiera estar con ella, porque si esta contenta a el le basta. Dijo, despues de unos minutos, que era la fantasia de ella. Y un poco de el. Que nunca lo habian hecho, que pensaba que yo era el indicado, siempre y cuando yo este de acuerdo con la idea y Maria me guste. Lo pense unos instantes. Le pregunte si estaba seguro, si no habia problemas. Le dijo que Maria era linda y que la idea me parecia bien. Respondio mis pocas preguntas, dijo que Maria era una chica muy dulce y muy delicada, que quiza con un par de besos ya estaba bien o que quizas. Dijo que todo dependeria del fluir de las cosas, que Maria podia querer estar conmigo, con el o con los dos. Que el estaria presente, y que no creia que Maria y yo fuesemos a tener sexo propiamente dicho. Dijo que le gustaria que pasara esa misma noche, pero que si no, de todos modos, yo me quedaria dos noches mas con ellos. Entonces me baje del auto y fui a comprar los dulces, pero ya habian cerrado. Me dijo que esa noche trate algo, un beso, una caricia. Volvimos. Maria estaba en el sillon mirando tele, con ojeras. Charlamos un rato, ella se quedo dormida y el se fue. Antes de desaparecer, me hizo una senia. Esta dormida, le dije. No importa, despertala y fijate. Delicadeza, mucha delicadeza. Intente despertarla, pero apenas abrio los ojos llamo a Carmine. Vino y hablamos un rato. Ella dormida de nuevo, y el se vuelve a ir. Dijo que no hacia falta que la despierte, que intente acercarme y acariciarla un poco. Se fue. Eso hice. Esta vez, cuando ella desperto y me vio tan cerca, lo volvio a llamar, pero mas fuerte. El volvio, y todos nos fuimos a dormir.
Despues de desayunar me fui a ver las ruinas. Estuve todo el dia ahi, y cuando volvi a la oficina vi caras largas, gestos fastidiosos, me parecio que discutian. Mientras ibamos a casa, nadie dijo una palabra. A la hora de cenar, el no vino a la mesa. Le pregunte a Maria si estaba todo bien. Me contesto que Carmine no tenia hambre, problema de trabajo, esta muy nervioso. Ahora se tiene que ir, y yo me voy con el. Volvemos en un rato. Prendi un porro y me sente a leer con musica de fondo. Hora y media, dos horas despues volvieron. Me saludaron con un gesto y se fueron directamente a la habitacion. Al rato yo tambien me fui a dormir. La luz de su habitacion seguia prendida, y se escuchaban voces. Apague la luz y me acoste. A los cinco minutos entro Carmine y me pregunto si queria fumar. Fui. Me conto los problemas laborales, un socio lo habia estafado. Luego retomo el tema de la noche anterior. Me pregunto si le habia dado un beso, y le conteste que no habia pasado nada. Le dije que no estaba muy seguro de que Maria quisiera algo conmigo. Me dijo que el creia que si. Que hoy ella le habia hablado de mi. Me pidio que la fuera a buscar y le diga que venga. Para que, esta durmiendo. Vos decile que venga cinco o diez minutos. Golpee la puerta, llame su nombre, pero nadie respondio. Desde el living, el me decia que abra la puerta, entre, la despierte y le pregunte si quiere venir un rato con nosotros. Si dice que no, insistile. Le dije que no, que ya era demasiado despertarla, que no insistiria ni una vez. La desperte y ella dijo que queria seguir durmiendo. Volvi al living y el me dijo algo que no entendi. Mi italiano es pesimo, pero su ingles y su espaniol son aun peores, asi que siempre hablamos en italiano. Lo que no entendi podia significar: ella me hablo de vos para maniana; voy a hablarle de vos para maniana; maniana voy a hablar con ella. Y nos fuimos a dormir.
Podria continuar la descripcion minuciosa del dia siguiente y de la maniana posterior, pero seria llover sobre mojado. Maria nunca quiso nada, y nunca se libero el juego retorcido de tener un trio con dos nazis hospitalarios. Quiza cuando llegue a Buenos Aires les mande una botella de vino tinto. A Maria le gusta.
Final insipido de la historia telarania.
sábado, 5 de diciembre de 2009
Sabado 5/12/09. Florencia y Roma.
En Florencia descubri un jugo (una fruta, en realidad) del que nunca habia escuchado nada y de inmediato se transformo en uno de mis preferidos: naranaja roja. Es muy dulce, y aparte es copadisimo beber un liquido rojo, que asociamos con cualquier cosa menos con una naranja, y que sepa a naranja. Es un poco pelotuda mi emocion, pero me encanta.
Me parece que los italianos no saben, quiza nunca aprendieron o no se dieron cuenta (es una de esas cosas que no se ensenian, simplemente las naturalizamos y entendemos que llevar la contraria seria, por esta vez, bastante estupido y no implicaria ningun beneficio) que hay que caminar por la derecha.
Creo que me cruce a Eliana Guercio (se llama asi? se escribe asi? habra sido la hermana? tiene una hermana, no? o la de la hermana es otra?) en el Coliseo.
El otro dia, mientras me duchaba, aparecio un tema en mi cabeza. Anios sin pensar en eso, y ayer por primera vez le concedi algo de importancia: en la primaria no enseniaban el mapa de Venezuela, su division en provincias y sus limites territoriales. Todo el costado este del pais, una especia de cola larga que, si mal no recuerdo, seria como una quinta parte de la nacion, se llama ''Zona en reclamacion''o "Guyana". Asi aparecia en todos los mapas. Lo que nunca nos dijeron (nosotros, inocentes ovejitas pre-puberes, tampoco preguntamos) es por que se reclama, o desde hace cuanto, o quien le reclama a quien, o si eso pertenece a alguien "oficialmente". Que conio hay ahi? selva? casas? vive gente? Punto contiguo: el limite este de Venezuela, (es decir, lo que esta pegado a la "Zona en reclamacion"), es Guayana Francesa. Creo que es el unico pais de habla francesa en Sudamerica. Nos dicen que al sur esta Brasil, al oeste Colombia, el norte el Mar Caribe. Nos hablan de sus capitales, un poco de su geografia, quiza de sus recursos. Pero de Guayana no nos cuentan absolutamente nada.
Hace poco me entere de que Guyana existe como Republica Cooperativa, con manejo ingles, y que Venezuela reclama las dos terceras partes del territorio.
Igual me pregunto: hay algo detras de este ocultamiento? o solo es desinteres? o ignorancia?
Ya no se que pensar cuando escucho a un europeo decir que quiere o le interesaria ir a Africa o a Sudamerica para "ver la pobreza". Ya no se si me da rabia, compasion, verguenza ajena. Ya no se si es culpa de ellos o no.
En estos dias, paseando en Roma, me sorprendi a mi mismo mas de una vez tarareando "Libertango".
Finalmente mi estomago me pidio que baje un cambio de tanto McDonalds, y mis papilas gustativas ya no toleran tanto cigarrillo armado. Una de las dos tiene solucion.
Roma es la primera capital europea que visito y, como suele suceder en tantas capitales, tiene su dosis de bocinazos, de indigencia, de gente que duerme en la calle, de suciedad, de anonimato.
De a momentos, una tarde, una noche en Roma me golpeo la soledad, la sufri un poco, cosa que no ha sido para nada frecuente en este viaje. Lo peor es que siento que fue un autoboicot, que yo estableci una barrera. De todos modos, al dia siguiente, desde la maniana hasta la noche, conoci y charle con un monton de personas entre la calle y el hostel, y asi de facil se soluciono todo.
En la estacion de trenes cambie dos frases con una pareja de alemanes. En los tres dias siguientes, nos encontramos tres veces mas. Llego un punto en que nos despedimos "nos vemos maniana" sabiendo que, sin esfuerzo ni planificacion, Roma nos volveria a encontrar. Y asi fue. La chica era de Trier (si no me equivoco, lugar que vio nacer a Carlitos Marx), una ciudad al lado de un pueblito en el que caere en algun momento de esta travesia, un pueblito desconocido, cerca de la frontera con Francia, donde nacio mi opa. La chica me dijo que ahi viven siete personas. No se si exageraba.
Me causa mucha impotencia (no se si impotencia es la palabra, es mas bien ese cerrar el punio y apretarlo, tener que metertelo en el bolsillo y clavarte las unias para no descargarlo contra alguien o algo) que en todos lados vendan productos de Mussolini. Lo mismo que con el El Che, pero a eso ya estoy acostumbrado. Imanes, calendarios, vinos de Mussolini. Nunca fui a Berlin, pero se que alli no es lo mismo. Esta bien, Adolfo y Benito no son exactamente lo mismo. No exactamente, pero de casi todas las maneras lo son. No se como cerrar este punto. Me sabe todo un poco impune.
Logicamente estoy un tanto alejado de la rama academica, de mi carrera, de ese mundillo intelectualoide que es Sociales en la UBA, pero hace poco note que hay algo de lo que no me puedo desprender: analisis del discurso. Tiendo a hacer eso, a veces, cuando la gente habla. Senias de identidad, sentido de pertenencia, construccion de la otredad. Me ha resultado muy interesante hacerlo con los yanquis, sobre todo con los que toman cierta distancia del American Dream.
En la Capilla Sixtina no se puede tomar fotos. Diez veces por minuto el guardia lo recuerda a los visitantes. Las personas, obviamente, toman fotos igual. Es incontrolable. En la Capilla Sixtina no se puede hablar, el guardia lo reitera diez veces por minuto, pero de todos modos, la gente habla. Es incontrolable. Cuando sali de ahi, no me quede pensando en La Creacion ni en el Becerro de Oro. Pense en el guardia. Pense en que se levanta al amanecer, se afeita, se toma un cafe con leche y se va al Vaticano a repetir dos mil trescientes cincuenta y siete veces "No photo! No photo! Silenzio!", con voz frustrada, con tono autoritario, hasta que se hace de noche, vuelve a su casa, se clava unos fideos con pomodoro, quiza le hace el amor a su esposa tratando de no pensar en el perfume a hombre que hay en sus hombros, y se duerme. Lo quemado que debe estar el pobre tipo.
Aquella tarde de soledad, para coronarla, tambien estaba de mal humor. Es que, por distintos motivos, no habia podido hacer nada de lo que queria hacer ese dia. Y aparte el clima repugnante, mesacoelbuzomelopongo, llueveparadellover, bufandasibufandano, humedadmashumedad. Eran las cuatro y monedas y yo estaba a dos cuadras de la Piazza del Popolo, yendo hacia alla. No se me ocurria que hacer despues, adonde ir. Y me deprimia pensar que en cualquier momento se me venia encima la noche. A eso no me acostumbro: cuatro y media cielo negro. A dos cuadras estaba, como decia, y pase por la puerta de un cine que tenia un afiche de Penelope Cruz, la ultima peli de Almodovar. Empezaba en diez minutos, en idioma original con subtitulos en italiano. No lo dude. Dos horas despues, que maravilloso era el mundo. Cuanta belleza alrededor. Que espectacular es Roma. Que sonrisa imborrable la mia. Tante grazie, Pedrito, for making my day una vez mas.
El dia siguiente lo dedique al Coliseo, al Foro Romano, al Paladino. Ruinas. Entrar al coliseo es entrar en shock. Solo hace falta ponerle un poco de imaginacion. Escuchar la historia, lo que verdaderamente sucedia alli, de que manera, su significado, sus vicisitudes, todo eso ayuda a deshollywoodyzarlo bastante. El circuito, a paso relajado, dilatado, con innumerables detenciones fotograficas, termino antes de lo que yo pensaba. Era temprano todavia y la ciudad, esa metropolis monstruosa, se me agotaba. Ya no sabia a que parte del mapa pegarle un mordisco. Igual que el dia anterior, el sol se despedia, y yo a dos cuadras de Piazza Navona, a esta altura ya un poco aturdido del mismo paisaje. Un paisaje alucinante (Roma es una bestia divina), pero siempre el mismo. Entonces, en una esquina, junto a tres dibujantes, levante la cabeza. En el azul espeso, cuatro, seis grupos (no se como se dice, no es manada, no es cardumen) de pajaritos negros (o eran palomas?). Hablo de cientos, tal vez miles de pajaritos negros que se entremezclaban, improvisaban figuras, eran arcos y serpientes, hongos y abanicos que se disolvian y se rearmaban en un mismo espacio con una soltura, una coordinacion y una belleza que pasmaba. No se cuanto tiempo estuve ahi sentado, no importa, el tiempo se detuvo y yo cai en trance, en esa esquina, la gente pasando apurada alrededor. A falta de Almodovar, pajaritos.
Una de las cosas mas raras que escuche en mi vida fue Los Simpsons en italiano.
En Roma entre a la sinagoga y al Museo Hebreo. De casualidad pase por ahi. Hice una breve visita guiada, con un grupo de gente. Todos judios. El recorrido tuvo sus vetas interesantes: la historia del ghetto de Roma, las diferencias arquitectonicas, estilisticas y decorativas de las cinco escuelas distintas que conformaron la comunidad hace unos siglos. Pero el grupo era insoportable, esas risitas complices cuando alguien decia una palabra en hebreo, esa maldita confusion entre la reivindicacion de una religion y la de un Estado, ese ambiente tan peronista de que para un judio no hay nada mejor que otro judio. Secta.
Florencia no la camine tanto como Venecia o Roma. En Florencia se trato mas de compartir tiempos con amigos; el plan era otro. Hubo menos de flaneur y mas de salidas nocturnas, de fiestas, de esas noches de poker con mucho olor a huevo que tanto extraniaba (jugue dos noches y sali veinticinco euros arriba), de esas multitudinarias cenas familiares con toneladas de comida casera (los italianos parecen nacidos para eso) con el nono presidiendo la mesa. El nono generoso y charlatan, la nariz ancha colorada de vino, algo sordo, lleno de anecdotas, un nono que me hizo acordar un poco a mi opa y con el que me hubiese gustado hablar un poco mas pero el nono, claro esta, no parla ni una parole que no sea en italiano y el mio es menos que incipiente.
En realidad no me quede en Florencia, si no en Calenzano, un pueblo a media hora. Samuel, amigo y ex compa de depto en Barcelona, es de ahi, y me quede en su casa, junto con otros dos de mis ex convivientes: Elena (su novia) y Mateo.
El primer lugar que vi en Calenzano, ultima parada del colectivo, punto de encuentro establecido por Samu, fue un bar/centro cultural llamado "La casa del popolo", donde todos fueron amabilisimos conmigo mientras me miraban como un extraterrestre. Recuerdo que entre todos sumaban catorce dientes.
De Calenzano recuerdo una subida empinada que moria frente a un castillo medieval. Recuerdo una feria de aceites de oliva en una plaza.
En Florencia vi cervezas Duff.
El David es tan imponente y perfecto como dicen. Creo que nunca me quede tanto tiempo dentro de la sala de un museo que solo tenga cuadros (hago la aclaracion porque si no esto no seria cierto, no me quede mas tiempo que con los videos de Warhol en el MALBA) como en el salon Botticelli de la Galeria Uffizi. Dos nombres resumen todo: "El nacimiento de Venus" y "La primavera".
Las chicas italianas son tan, pero tan lindas que pueden perfectamente jugarles de tu a tu a las portenias. Pero asi como unas tienden a la histeria y a la arrogancia, las otras tienden a un nivel de chetaje con el que ya convivi demasiados anios y a esta altura no estoy dispuesto a soportar mas. Me sigo quedando con las catalanas.
Me parece que los italianos no saben, quiza nunca aprendieron o no se dieron cuenta (es una de esas cosas que no se ensenian, simplemente las naturalizamos y entendemos que llevar la contraria seria, por esta vez, bastante estupido y no implicaria ningun beneficio) que hay que caminar por la derecha.
Creo que me cruce a Eliana Guercio (se llama asi? se escribe asi? habra sido la hermana? tiene una hermana, no? o la de la hermana es otra?) en el Coliseo.
El otro dia, mientras me duchaba, aparecio un tema en mi cabeza. Anios sin pensar en eso, y ayer por primera vez le concedi algo de importancia: en la primaria no enseniaban el mapa de Venezuela, su division en provincias y sus limites territoriales. Todo el costado este del pais, una especia de cola larga que, si mal no recuerdo, seria como una quinta parte de la nacion, se llama ''Zona en reclamacion''o "Guyana". Asi aparecia en todos los mapas. Lo que nunca nos dijeron (nosotros, inocentes ovejitas pre-puberes, tampoco preguntamos) es por que se reclama, o desde hace cuanto, o quien le reclama a quien, o si eso pertenece a alguien "oficialmente". Que conio hay ahi? selva? casas? vive gente? Punto contiguo: el limite este de Venezuela, (es decir, lo que esta pegado a la "Zona en reclamacion"), es Guayana Francesa. Creo que es el unico pais de habla francesa en Sudamerica. Nos dicen que al sur esta Brasil, al oeste Colombia, el norte el Mar Caribe. Nos hablan de sus capitales, un poco de su geografia, quiza de sus recursos. Pero de Guayana no nos cuentan absolutamente nada.
Hace poco me entere de que Guyana existe como Republica Cooperativa, con manejo ingles, y que Venezuela reclama las dos terceras partes del territorio.
Igual me pregunto: hay algo detras de este ocultamiento? o solo es desinteres? o ignorancia?
Ya no se que pensar cuando escucho a un europeo decir que quiere o le interesaria ir a Africa o a Sudamerica para "ver la pobreza". Ya no se si me da rabia, compasion, verguenza ajena. Ya no se si es culpa de ellos o no.
En estos dias, paseando en Roma, me sorprendi a mi mismo mas de una vez tarareando "Libertango".
Finalmente mi estomago me pidio que baje un cambio de tanto McDonalds, y mis papilas gustativas ya no toleran tanto cigarrillo armado. Una de las dos tiene solucion.
Roma es la primera capital europea que visito y, como suele suceder en tantas capitales, tiene su dosis de bocinazos, de indigencia, de gente que duerme en la calle, de suciedad, de anonimato.
De a momentos, una tarde, una noche en Roma me golpeo la soledad, la sufri un poco, cosa que no ha sido para nada frecuente en este viaje. Lo peor es que siento que fue un autoboicot, que yo estableci una barrera. De todos modos, al dia siguiente, desde la maniana hasta la noche, conoci y charle con un monton de personas entre la calle y el hostel, y asi de facil se soluciono todo.
En la estacion de trenes cambie dos frases con una pareja de alemanes. En los tres dias siguientes, nos encontramos tres veces mas. Llego un punto en que nos despedimos "nos vemos maniana" sabiendo que, sin esfuerzo ni planificacion, Roma nos volveria a encontrar. Y asi fue. La chica era de Trier (si no me equivoco, lugar que vio nacer a Carlitos Marx), una ciudad al lado de un pueblito en el que caere en algun momento de esta travesia, un pueblito desconocido, cerca de la frontera con Francia, donde nacio mi opa. La chica me dijo que ahi viven siete personas. No se si exageraba.
Me causa mucha impotencia (no se si impotencia es la palabra, es mas bien ese cerrar el punio y apretarlo, tener que metertelo en el bolsillo y clavarte las unias para no descargarlo contra alguien o algo) que en todos lados vendan productos de Mussolini. Lo mismo que con el El Che, pero a eso ya estoy acostumbrado. Imanes, calendarios, vinos de Mussolini. Nunca fui a Berlin, pero se que alli no es lo mismo. Esta bien, Adolfo y Benito no son exactamente lo mismo. No exactamente, pero de casi todas las maneras lo son. No se como cerrar este punto. Me sabe todo un poco impune.
Logicamente estoy un tanto alejado de la rama academica, de mi carrera, de ese mundillo intelectualoide que es Sociales en la UBA, pero hace poco note que hay algo de lo que no me puedo desprender: analisis del discurso. Tiendo a hacer eso, a veces, cuando la gente habla. Senias de identidad, sentido de pertenencia, construccion de la otredad. Me ha resultado muy interesante hacerlo con los yanquis, sobre todo con los que toman cierta distancia del American Dream.
En la Capilla Sixtina no se puede tomar fotos. Diez veces por minuto el guardia lo recuerda a los visitantes. Las personas, obviamente, toman fotos igual. Es incontrolable. En la Capilla Sixtina no se puede hablar, el guardia lo reitera diez veces por minuto, pero de todos modos, la gente habla. Es incontrolable. Cuando sali de ahi, no me quede pensando en La Creacion ni en el Becerro de Oro. Pense en el guardia. Pense en que se levanta al amanecer, se afeita, se toma un cafe con leche y se va al Vaticano a repetir dos mil trescientes cincuenta y siete veces "No photo! No photo! Silenzio!", con voz frustrada, con tono autoritario, hasta que se hace de noche, vuelve a su casa, se clava unos fideos con pomodoro, quiza le hace el amor a su esposa tratando de no pensar en el perfume a hombre que hay en sus hombros, y se duerme. Lo quemado que debe estar el pobre tipo.
Aquella tarde de soledad, para coronarla, tambien estaba de mal humor. Es que, por distintos motivos, no habia podido hacer nada de lo que queria hacer ese dia. Y aparte el clima repugnante, mesacoelbuzomelopongo, llueveparadellover, bufandasibufandano, humedadmashumedad. Eran las cuatro y monedas y yo estaba a dos cuadras de la Piazza del Popolo, yendo hacia alla. No se me ocurria que hacer despues, adonde ir. Y me deprimia pensar que en cualquier momento se me venia encima la noche. A eso no me acostumbro: cuatro y media cielo negro. A dos cuadras estaba, como decia, y pase por la puerta de un cine que tenia un afiche de Penelope Cruz, la ultima peli de Almodovar. Empezaba en diez minutos, en idioma original con subtitulos en italiano. No lo dude. Dos horas despues, que maravilloso era el mundo. Cuanta belleza alrededor. Que espectacular es Roma. Que sonrisa imborrable la mia. Tante grazie, Pedrito, for making my day una vez mas.
El dia siguiente lo dedique al Coliseo, al Foro Romano, al Paladino. Ruinas. Entrar al coliseo es entrar en shock. Solo hace falta ponerle un poco de imaginacion. Escuchar la historia, lo que verdaderamente sucedia alli, de que manera, su significado, sus vicisitudes, todo eso ayuda a deshollywoodyzarlo bastante. El circuito, a paso relajado, dilatado, con innumerables detenciones fotograficas, termino antes de lo que yo pensaba. Era temprano todavia y la ciudad, esa metropolis monstruosa, se me agotaba. Ya no sabia a que parte del mapa pegarle un mordisco. Igual que el dia anterior, el sol se despedia, y yo a dos cuadras de Piazza Navona, a esta altura ya un poco aturdido del mismo paisaje. Un paisaje alucinante (Roma es una bestia divina), pero siempre el mismo. Entonces, en una esquina, junto a tres dibujantes, levante la cabeza. En el azul espeso, cuatro, seis grupos (no se como se dice, no es manada, no es cardumen) de pajaritos negros (o eran palomas?). Hablo de cientos, tal vez miles de pajaritos negros que se entremezclaban, improvisaban figuras, eran arcos y serpientes, hongos y abanicos que se disolvian y se rearmaban en un mismo espacio con una soltura, una coordinacion y una belleza que pasmaba. No se cuanto tiempo estuve ahi sentado, no importa, el tiempo se detuvo y yo cai en trance, en esa esquina, la gente pasando apurada alrededor. A falta de Almodovar, pajaritos.
Una de las cosas mas raras que escuche en mi vida fue Los Simpsons en italiano.
En Roma entre a la sinagoga y al Museo Hebreo. De casualidad pase por ahi. Hice una breve visita guiada, con un grupo de gente. Todos judios. El recorrido tuvo sus vetas interesantes: la historia del ghetto de Roma, las diferencias arquitectonicas, estilisticas y decorativas de las cinco escuelas distintas que conformaron la comunidad hace unos siglos. Pero el grupo era insoportable, esas risitas complices cuando alguien decia una palabra en hebreo, esa maldita confusion entre la reivindicacion de una religion y la de un Estado, ese ambiente tan peronista de que para un judio no hay nada mejor que otro judio. Secta.
Florencia no la camine tanto como Venecia o Roma. En Florencia se trato mas de compartir tiempos con amigos; el plan era otro. Hubo menos de flaneur y mas de salidas nocturnas, de fiestas, de esas noches de poker con mucho olor a huevo que tanto extraniaba (jugue dos noches y sali veinticinco euros arriba), de esas multitudinarias cenas familiares con toneladas de comida casera (los italianos parecen nacidos para eso) con el nono presidiendo la mesa. El nono generoso y charlatan, la nariz ancha colorada de vino, algo sordo, lleno de anecdotas, un nono que me hizo acordar un poco a mi opa y con el que me hubiese gustado hablar un poco mas pero el nono, claro esta, no parla ni una parole que no sea en italiano y el mio es menos que incipiente.
En realidad no me quede en Florencia, si no en Calenzano, un pueblo a media hora. Samuel, amigo y ex compa de depto en Barcelona, es de ahi, y me quede en su casa, junto con otros dos de mis ex convivientes: Elena (su novia) y Mateo.
El primer lugar que vi en Calenzano, ultima parada del colectivo, punto de encuentro establecido por Samu, fue un bar/centro cultural llamado "La casa del popolo", donde todos fueron amabilisimos conmigo mientras me miraban como un extraterrestre. Recuerdo que entre todos sumaban catorce dientes.
De Calenzano recuerdo una subida empinada que moria frente a un castillo medieval. Recuerdo una feria de aceites de oliva en una plaza.
En Florencia vi cervezas Duff.
El David es tan imponente y perfecto como dicen. Creo que nunca me quede tanto tiempo dentro de la sala de un museo que solo tenga cuadros (hago la aclaracion porque si no esto no seria cierto, no me quede mas tiempo que con los videos de Warhol en el MALBA) como en el salon Botticelli de la Galeria Uffizi. Dos nombres resumen todo: "El nacimiento de Venus" y "La primavera".
Las chicas italianas son tan, pero tan lindas que pueden perfectamente jugarles de tu a tu a las portenias. Pero asi como unas tienden a la histeria y a la arrogancia, las otras tienden a un nivel de chetaje con el que ya convivi demasiados anios y a esta altura no estoy dispuesto a soportar mas. Me sigo quedando con las catalanas.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Miercoles 25/11/09, Roma
En Venecia comprè una barra de pana a la maniana y la fui desperdigando por el suelo de la ciudad durante todo el dìa. En un momento, los punios cerrados abarrotados de pequenios trocitos, me detuve. Frente a los gòndolas del gran canal me plantè, a la espera de alguna paloma que percibiera el anzuelo. No tardò mucho en llegar la primera; arrojè unos pedacitos y màs palomas aterrizaron alrededor. Mientras las alimentaba, una se posò sobre mi hombro y otra, recièn llegada y aùn sin tocar el suelo, ùnica distinta por su blancura, comenzò a volar en cìrculos rodeando mi cabeza. Yo giraba sobre mi propio eje tratando de no perderle el rastro en ningùn momento. Asì estuvimos un rato mientras el resto, que a esta altura era casi un pueblito, seguìa picoteando migas ante un grupete de turistas que se habìa parado a observar la escena. Ya entrada la noche, sòlo entonces, probè un pedazo, el ùltimo pedacito de pan. Entonces presentì que, en ese momento, bajo algùn puente estarìan todas ellas reunidas, tramando la gran venganza.
En Venecia viven cada vez menos jòvenes y no vi ni una mujer embarazada. En Venecia la gente me pareciò màs bien antipàtica y poco servicial. En Venecia muchas calles tienen dos nombres y el disenio urbano es un laberinto borgeano que te lleva a caminar una hora en linea recta para volver a caer en el mismo sitio. Nunca haber entendido la geografìa de la ciudad fue parte sustancial de su atractivo.
Si alguna vez vienen, no paguen el vaporetto, nadie revisa tickets.
A Venecia le sobran màscaras y le faltan banios gratuitos.
Pura casualidad fue que, cuando lleguè, faltaban diez dìas para que termine la Bienal, el màs importante de los eventos artìsticos. No fui con la intenciòn de ver arte, no me interesaba, pero aprovechè para ver algunas cosas, nunca predeterminadas, simplemente dejando que el azar y mis pasos, perdòn por la redundancia, marquen las paradas. Lo que màs me gustò de lo que vi fue, sin duda, una larga serie de pinturas de Botero, que se llamaba "Gente del circo".
Cada vez que lei tabacchi pensè en Tabucchi y cada vez que entrè a un lugar me dijeron "ciao" y yo, en efecto, me fui.
En Venecia hay un aire gris que borra la linea del horizonte.
Venecia es un puente que desemboca en una època de cosmovisiòn clerical y mercaderes de especias en barquitos.
En Venecia no se escuchan ruidos de autos, si no màs bien un bullicio nebuloso, un pastiche de lenguas, y el rozar de la tela de la ropa contra la tela de la ropa.
Ciudad en la que entre puentes y canales bailan escurridizas las ratas su danza nocturna y unos pasos alejados emanan un eco que los agranda, los potencia y los aìsla.
Una noche lleguè a mi habitaciòn, despuès de caminar todo el dìa, y no tardè mucho en darme cuenta de que algo me faltaba: mi cuaderno. Comencè a revolver lugares en los que sabìa que no lo encontrarìa. Enloquecì y empecè a insultarme a gritos. La puerta estaba abierta y la gente se asomaba. Alguien susurrò "debe ser argentino". Bajè tres pisos a los saltos y comencè a correr por Venecia, ciudad en la que nadie corre nunca, sin saber adònde ir. Mientras, seguìa gritàndome insultos, sòlo interrumpidos para aullarle a la gente que saliera de mi camino. Entonces recordè: un par de horas atràs, quise salir en una de mis fotos. En la baranda de un puente apoyè mi càmara y puse el autodisparador. La imagen quedaba muy baja, asì que resolvì elevarla con lo primero que tenìa a mano: sobre la abranda puse mi cuaderno, y sobre èste la càmara. Bombillo encendido: mi cuaderno quedò sobre la baranda de un puente de Venecia. Claro, decir un puente de Venecia es como decir un judìo de Once. La pregunta era còomo mierda iba a reconstruir mi itinerario, improvisado e incoherente. Mientras corrìa, intentaba recordar. Mientras corrìa intentaba prender un cigarrillo, no romperme la rodilla bajando escaleras, elaborar un argumento que explicara mi situaciòn a un policìa en un italiano comprensible, acordarme de todas las cosas que habìa anotado en ese cuaderno. Mi instinto o mi memoria me pellizcaron al pasar por una calle con tres puentes. Y ahì, en el màs lejano, en la posiciòn exacta en que lo habìa dejado, ahì estaba: el cuaderno lleno de telèfonos, mails, datos, ideas, cuentos, una carta larga a punto de terminar y este humilde texto.
En Venecia vi pasar por debajo de un puente una gòndola sin remos y me pareciò que intentaba asomarse, aplstada entre un bufòn y un arlequìn, verde y temblorosa, la mano de Peròn. Yo dirìa que estaba un poco triste.
En Venecia viven cada vez menos jòvenes y no vi ni una mujer embarazada. En Venecia la gente me pareciò màs bien antipàtica y poco servicial. En Venecia muchas calles tienen dos nombres y el disenio urbano es un laberinto borgeano que te lleva a caminar una hora en linea recta para volver a caer en el mismo sitio. Nunca haber entendido la geografìa de la ciudad fue parte sustancial de su atractivo.
Si alguna vez vienen, no paguen el vaporetto, nadie revisa tickets.
A Venecia le sobran màscaras y le faltan banios gratuitos.
Pura casualidad fue que, cuando lleguè, faltaban diez dìas para que termine la Bienal, el màs importante de los eventos artìsticos. No fui con la intenciòn de ver arte, no me interesaba, pero aprovechè para ver algunas cosas, nunca predeterminadas, simplemente dejando que el azar y mis pasos, perdòn por la redundancia, marquen las paradas. Lo que màs me gustò de lo que vi fue, sin duda, una larga serie de pinturas de Botero, que se llamaba "Gente del circo".
Cada vez que lei tabacchi pensè en Tabucchi y cada vez que entrè a un lugar me dijeron "ciao" y yo, en efecto, me fui.
En Venecia hay un aire gris que borra la linea del horizonte.
Venecia es un puente que desemboca en una època de cosmovisiòn clerical y mercaderes de especias en barquitos.
En Venecia no se escuchan ruidos de autos, si no màs bien un bullicio nebuloso, un pastiche de lenguas, y el rozar de la tela de la ropa contra la tela de la ropa.
Ciudad en la que entre puentes y canales bailan escurridizas las ratas su danza nocturna y unos pasos alejados emanan un eco que los agranda, los potencia y los aìsla.
Una noche lleguè a mi habitaciòn, despuès de caminar todo el dìa, y no tardè mucho en darme cuenta de que algo me faltaba: mi cuaderno. Comencè a revolver lugares en los que sabìa que no lo encontrarìa. Enloquecì y empecè a insultarme a gritos. La puerta estaba abierta y la gente se asomaba. Alguien susurrò "debe ser argentino". Bajè tres pisos a los saltos y comencè a correr por Venecia, ciudad en la que nadie corre nunca, sin saber adònde ir. Mientras, seguìa gritàndome insultos, sòlo interrumpidos para aullarle a la gente que saliera de mi camino. Entonces recordè: un par de horas atràs, quise salir en una de mis fotos. En la baranda de un puente apoyè mi càmara y puse el autodisparador. La imagen quedaba muy baja, asì que resolvì elevarla con lo primero que tenìa a mano: sobre la abranda puse mi cuaderno, y sobre èste la càmara. Bombillo encendido: mi cuaderno quedò sobre la baranda de un puente de Venecia. Claro, decir un puente de Venecia es como decir un judìo de Once. La pregunta era còomo mierda iba a reconstruir mi itinerario, improvisado e incoherente. Mientras corrìa, intentaba recordar. Mientras corrìa intentaba prender un cigarrillo, no romperme la rodilla bajando escaleras, elaborar un argumento que explicara mi situaciòn a un policìa en un italiano comprensible, acordarme de todas las cosas que habìa anotado en ese cuaderno. Mi instinto o mi memoria me pellizcaron al pasar por una calle con tres puentes. Y ahì, en el màs lejano, en la posiciòn exacta en que lo habìa dejado, ahì estaba: el cuaderno lleno de telèfonos, mails, datos, ideas, cuentos, una carta larga a punto de terminar y este humilde texto.
En Venecia vi pasar por debajo de un puente una gòndola sin remos y me pareciò que intentaba asomarse, aplstada entre un bufòn y un arlequìn, verde y temblorosa, la mano de Peròn. Yo dirìa que estaba un poco triste.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
18/11/09
No tengo mas que un minuto para tipear en este teclado sin acentos, porque un italiano atras mio no para de repetirme que necesita la compu para trabajar.
Solo queria decirles que finalmente mi viaje se adelanto, y hoy llegue aVenecia. A partir de aca, sin trabajo, solo viaje.
Mi compu, claro esta, la deje en Barcelona. Ire colgando cosas al ritmo que pueda.
Muack!
Solo queria decirles que finalmente mi viaje se adelanto, y hoy llegue aVenecia. A partir de aca, sin trabajo, solo viaje.
Mi compu, claro esta, la deje en Barcelona. Ire colgando cosas al ritmo que pueda.
Muack!
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Barcelona, 4/11/09
Me parece justo decir que, a esta altura, el trabajo va bien. Ya tengo asumidísimo mi salario miserable, las diez horas diarias y, sobre todo, mi pleno rechazo moral e ideológico a lo que hago. Recuerdo que, hace unos años, Demián y yo decíamos que algún día tendríamos que vender nuestros ideales, abrir el culo. Así de crudo y de patético. Y de frustrante. Y de romántico y no romántico al mismo tiempo. Y que era inevitable, decíamos.
Hoy, estoy convencido de que no es así. Sin embargo, a veces es muy difícil evitarlo, y yo no pude. Lo bueno, sin embargo, es que no sólo lo internalicé, también me río un poco de eso, y del desplome de alguna vieja ilusión romántica de que “las ideas no se venden”. Fue lo único que encontré, y mal que mal es lo que me paga techo y comida. Y además, no trabajo fines de semana y voy vestido como me da la gana. Y me llevo muy bien con mi compañera de trabajo, y en líneas generales con mis jefes. Aparte, constantemente escamoteamos (como diría el pequeño gigante Pablito Alabarces, en el sentido más Decertauniano de la palabra): tomamos un café, leemos, vamos a internet, nos sentamos a hacer nada, nos fumamos un cigarro, un porro, nos tomamos una birra con su halls extra fuerte consecutivo. En horario laboral. En nuestro trabajo nadie nos vigila y, como saben que es un trabajo de mierda, no te exigen demasiado. Son unas cuantas horas, sí, pero no trabajo mucho. Además, conozco mucha gente (como en casi todas las actividades que he hecho en esta ciudad) y aprendo un poco acerca del funcionamiento de las universidades públicas en Barcelona. Se me ocurre algo en este momento, sin pensarlo mucho: Borges. Es rarísimo que se me ocurra Borges. El destino latinoamericano. ¿O era sudamericano? Creo que sí. Ese destino paradójico, decía el anciano ciego. ¿Y no es una paradoja terminar trabajando para el banco que hace algunos años demolió, literalmente, a la Belle Epoque?
Aún sin explicaciones a la vista, hoy descubrí que, teniendo en cuenta mi arrasadora inutilidad respecto a todo el espacio que circunscribe la cocina, lavar los platos es algo que no sólo puedo y sé hacer, sino que, además, me gusta.
Creo que ha llegado la hora de describir a mis compañeros de departamento. Son cinco y cada día tengo una relación más estrecha con ellos. Cada día convivimos más.
Juan es español, tiene cuarentaiún años y una hija que vive generalmente en un pueblito junto a la frontera con Francia, adonde él la tiene que ir a buscar, urgente, cada vez que la nena está en la escuela y se enferma. Eso pasa con cierta frecuencia. Y son como trescientos kilómetros. Juan trabaja, desde hace quince años, en un centro para consumo y rehabilitación, de la línea de reducción de daños. Como es de suponerse, el presupuesto que les asignan es una miseria y los vecinos (sí, acá también existen, aunque no votan a minusválidos para mostrarse compasivos y solidarios y tolerantes y democráticos e incluyentes y buenos samaritanos pipí cucú sonrisita) los odian. Juan, entonces, conoce y relata la historia, las anécdotas viscerales, la montaña rusa de las drogas que han circulado y se han consumido en esta ciudad en los últimos quince años. Vivido desde adentro. Juan tiene la mano peluda y le encanta hablar, incluso sin haberse metido unos pases antes. Juan pasa poco tiempo en casa, o será que tenemos horarios un poco cruzados. Juan se tropieza con todos los muebles de la casa y aparentemente hace mucho ruido cuando caga.
Mateo viene de un pueblito en el sur de Italia, cerca de Lecce. Trabaja en una heladería. Mateo es genuina, conmovedoramente bueno, inocente e indeciso. Sobre todo bueno. Todo el tiempo da:
da comida y haschís y cerveza y tiempo y servicios y se encarga de todo, siempre. A Mateo no le gusta recibir, y se adhiere a su gusto como un moco a un espejo. Mateo se ríe mucho y hace que Gandhi parezca Mr. Hyde. Aparte de eso, es divertido y buen cocinero. Mateo dice todo el tiempo “mamma mía”. Mateo inspira mucha ternura. Mateo vende hash de vez en cuando, y gracias a él nunca falta para fumar en casa. Nunca.
Samu y Elena son pareja. Ella es de Barcelona, él de un pueblito junto a Florencia. Me cuesta describirlos. Me caen muy bien. Samu es camarero y Elena trabaja de vendedora en una tienda de algo. Samu vivió un tiempo en la calle, en un viaje. Elena tiene un razonamiento agudo, argumentos pulidos, claridad de debate. Cuando estoy con ellos me acomodo, me relajo. Samu y yo abrimos los ojos grandes cuando reconocimos en el otro un hermano anarquista. Ja. Con los pocos que somos. Elena quiere ser mamá. Lo quiere ya, pero no es el momento. Samu y Elena son lindos, frescos, libres y abiertos como tanta gente que conocí en esta ciudad.
Con Luis, que es chileno, está todo bien. Hace un rato, descubrí que es cocainómano. Tenía pensado hablar de él como alguien raro, inestable. Alguien que interrumpe conversaciones con frases desubicadas o irrelevantes. Luis como el único que no fuma en la casa, y gracias al cual no podemos hacer tan necesaria actividad en donde nos dé la puta gana. Luis, sin embargo, como alguien con quien puedo tener, y tengo, conversaciones, digamos, sostenibles, por no decir normales, palabra que odio pero que quizá es aplicable en este caso. Incluso hemos tenido conversaciones divertidas. Es más, ha tenido algunos buenos gestos conmigo. Pero Luis, sobre todo, como alguien que no me cierra, que nunca me cerró. Esa es la mejor definición. Hasta que, retomo, por fin se resolvió el enigma: es cocainómano. El problema no es ese, en absoluto, no tengo nada en contra de lo que hacen. No juzgo. No sería la primera vez que tengo conocidos o
amigos periqueros. El problema es que es un cocainómano feo, perdido, alterado, paranoico. Es un cocainómano de mierda, ese es el problema.
Es lindo llegar a casa, y hace mucho que no sentía eso. Escuchar sus vidas, sus viajes, su moral y sus dudas, lo que viajaron, viajan y seguirán viajando.
Debo admitir que un par de veces, fumando en el balcón, los ojos asomados hacia abajo, tuve que retroceder dos o tres pasos. Barcelona me traga.
Hace poco conocí a Luis, un chico portugués, el novio de mi compañera de trabajo. Nos juntamos cada tanto, tomamos unas birras, comemos algo, fumamos un poco. Luís me abrió la puerta de un lugar del que yo conocía poco y nada acerca de su vida, su gente, sus costumbres. Me tiró algo de información inesperada: Portugal es un país de derecha (eso era lo único que yo sabía), profundamente clásico y conservador, ininterrumpidamente religioso, que imparte una educación reaccionaria sin fisuras, que hincha el pecho de sus ciudadanos, incluso de los más progres, cuando hablan de las colonias portuguesas, los grandes descubridores benefactores magnánimos y filántropos de una porción mundial considerable. Una culpa que incluso en España está mucho más asumida.
Hoy, estoy convencido de que no es así. Sin embargo, a veces es muy difícil evitarlo, y yo no pude. Lo bueno, sin embargo, es que no sólo lo internalicé, también me río un poco de eso, y del desplome de alguna vieja ilusión romántica de que “las ideas no se venden”. Fue lo único que encontré, y mal que mal es lo que me paga techo y comida. Y además, no trabajo fines de semana y voy vestido como me da la gana. Y me llevo muy bien con mi compañera de trabajo, y en líneas generales con mis jefes. Aparte, constantemente escamoteamos (como diría el pequeño gigante Pablito Alabarces, en el sentido más Decertauniano de la palabra): tomamos un café, leemos, vamos a internet, nos sentamos a hacer nada, nos fumamos un cigarro, un porro, nos tomamos una birra con su halls extra fuerte consecutivo. En horario laboral. En nuestro trabajo nadie nos vigila y, como saben que es un trabajo de mierda, no te exigen demasiado. Son unas cuantas horas, sí, pero no trabajo mucho. Además, conozco mucha gente (como en casi todas las actividades que he hecho en esta ciudad) y aprendo un poco acerca del funcionamiento de las universidades públicas en Barcelona. Se me ocurre algo en este momento, sin pensarlo mucho: Borges. Es rarísimo que se me ocurra Borges. El destino latinoamericano. ¿O era sudamericano? Creo que sí. Ese destino paradójico, decía el anciano ciego. ¿Y no es una paradoja terminar trabajando para el banco que hace algunos años demolió, literalmente, a la Belle Epoque?
Aún sin explicaciones a la vista, hoy descubrí que, teniendo en cuenta mi arrasadora inutilidad respecto a todo el espacio que circunscribe la cocina, lavar los platos es algo que no sólo puedo y sé hacer, sino que, además, me gusta.
Creo que ha llegado la hora de describir a mis compañeros de departamento. Son cinco y cada día tengo una relación más estrecha con ellos. Cada día convivimos más.
Juan es español, tiene cuarentaiún años y una hija que vive generalmente en un pueblito junto a la frontera con Francia, adonde él la tiene que ir a buscar, urgente, cada vez que la nena está en la escuela y se enferma. Eso pasa con cierta frecuencia. Y son como trescientos kilómetros. Juan trabaja, desde hace quince años, en un centro para consumo y rehabilitación, de la línea de reducción de daños. Como es de suponerse, el presupuesto que les asignan es una miseria y los vecinos (sí, acá también existen, aunque no votan a minusválidos para mostrarse compasivos y solidarios y tolerantes y democráticos e incluyentes y buenos samaritanos pipí cucú sonrisita) los odian. Juan, entonces, conoce y relata la historia, las anécdotas viscerales, la montaña rusa de las drogas que han circulado y se han consumido en esta ciudad en los últimos quince años. Vivido desde adentro. Juan tiene la mano peluda y le encanta hablar, incluso sin haberse metido unos pases antes. Juan pasa poco tiempo en casa, o será que tenemos horarios un poco cruzados. Juan se tropieza con todos los muebles de la casa y aparentemente hace mucho ruido cuando caga.
Mateo viene de un pueblito en el sur de Italia, cerca de Lecce. Trabaja en una heladería. Mateo es genuina, conmovedoramente bueno, inocente e indeciso. Sobre todo bueno. Todo el tiempo da:
Samu y Elena son pareja. Ella es de Barcelona, él de un pueblito junto a Florencia. Me cuesta describirlos. Me caen muy bien. Samu es camarero y Elena trabaja de vendedora en una tienda de algo. Samu vivió un tiempo en la calle, en un viaje. Elena tiene un razonamiento agudo, argumentos pulidos, claridad de debate. Cuando estoy con ellos me acomodo, me relajo. Samu y yo abrimos los ojos grandes cuando reconocimos en el otro un hermano anarquista. Ja. Con los pocos que somos. Elena quiere ser mamá. Lo quiere ya, pero no es el momento. Samu y Elena son lindos, frescos, libres y abiertos como tanta gente que conocí en esta ciudad.
Con Luis, que es chileno, está todo bien. Hace un rato, descubrí que es cocainómano. Tenía pensado hablar de él como alguien raro, inestable. Alguien que interrumpe conversaciones con frases desubicadas o irrelevantes. Luis como el único que no fuma en la casa, y gracias al cual no podemos hacer tan necesaria actividad en donde nos dé la puta gana. Luis, sin embargo, como alguien con quien puedo tener, y tengo, conversaciones, digamos, sostenibles, por no decir normales, palabra que odio pero que quizá es aplicable en este caso. Incluso hemos tenido conversaciones divertidas. Es más, ha tenido algunos buenos gestos conmigo. Pero Luis, sobre todo, como alguien que no me cierra, que nunca me cerró. Esa es la mejor definición. Hasta que, retomo, por fin se resolvió el enigma: es cocainómano. El problema no es ese, en absoluto, no tengo nada en contra de lo que hacen. No juzgo. No sería la primera vez que tengo conocidos o
Es lindo llegar a casa, y hace mucho que no sentía eso. Escuchar sus vidas, sus viajes, su moral y sus dudas, lo que viajaron, viajan y seguirán viajando.
Debo admitir que un par de veces, fumando en el balcón, los ojos asomados hacia abajo, tuve que retroceder dos o tres pasos. Barcelona me traga.
Hace poco conocí a Luis, un chico portugués, el novio de mi compañera de trabajo. Nos juntamos cada tanto, tomamos unas birras, comemos algo, fumamos un poco. Luís me abrió la puerta de un lugar del que yo conocía poco y nada acerca de su vida, su gente, sus costumbres. Me tiró algo de información inesperada: Portugal es un país de derecha (eso era lo único que yo sabía), profundamente clásico y conservador, ininterrumpidamente religioso, que imparte una educación reaccionaria sin fisuras, que hincha el pecho de sus ciudadanos, incluso de los más progres, cuando hablan de las colonias portuguesas, los grandes descubridores benefactores magnánimos y filántropos de una porción mundial considerable. Una culpa que incluso en España está mucho más asumida.
Hace unas semanas fui con Samu y Mateo a ver un partido de la Champions en el Camp Nou. Jugaba el Barca contra un equipo ruso que nadie conocía, como suele suceder con los equipos rusos. La menor de nuestras apuestas era que ganaba el local por tres goles, no menos de eso. La última vez que los azulgranas perdieron en su cancha fue hace dos años. El partido no fue bueno, y el Barca, honestamente, no jugó a nada. Messi ni la tocó. Los rusos metieron un golazo en el primer minuto de partido, y terminaron ganando dos a uno. A diferencia del resto de los aficionados, yo no tenía cara larga. Me gustó que ganaran los rusos, lo disfruté. Hasta grité los dos goles. En Argentina, por menos de eso te linchan. Pero acá no pasa nada. Y cuando digo nada no me refiero solo a eso, me refiero a la nada misma: acá la gente no grita, no canta, no salta, no despliega banderas. La barrabrava del Barca son cuatro gatos locos, y el resto de la gente es tan seria, tan solemne, tan caballeros,tan infinitamente amarga que parece cualquier cosa menos un partido de futbol. Supongo que en toda Europa será así. En realidad grité los tres goles. Yo sólo quería ver buen futbol.
En Barce
lona hay una esquina de aires viejos y paredes de piedra con fachadas triangulares. Una esquina de cafecitos, rumba de Barcelona y chicas francesas. Una esquina sepia coloreada con grafittis psicodélicos y alegóricos, una esquina de árboles desnudos y murallas antiguas que aquí y ahora, presente fantasmal y débil de esta servilleta tan fina como el aire que pretende secuestrarla, se difuminan en un claroscuro de luces de faroles y de velas. En Barcelona hay una esquina donde una chica se enamoró de mí, la misma esquina en la que en este momento se aleja un rasgueo y una voz que se desvanece después de cantar “And all the roads we have to walk are winding” y una lágrima de felicidad me ahorra la tina del punto final.
Leo Clarín todos los días. Me preocupa y me causa repulsión todo el tema de la Ley de Medios. Desde este pequeño espacio, quisiera dedicar un breve paréntesis para el proselitismo: sí a la Ley de Medios. No me gusta Cristina, no me gusta Kirchner. Esta ley tiene varios puntos criticables, que espero en un futuro puedan modificarse o al menos debatirse. Pero, aún así, es mejor que la mierda facha que tenemos, y mejor que lo que pretenden perpetuar Clarín, Macri y ya conocen los etcéteras.
Lees una novela de, digamos, unas trescientas páginas. Resulta que en todo el libro no hay ni una sola letra “u”. Si no supieras esto mientras lo lees, ¿te darías cuenta?, ¿notarías trescientas páginas sin una “u”?, ¿sentirías que falta algo?
Ahora, ya no sé, horas, días antes o después de lo anterior y de lo que sigue, acabo de soñar despierto. Me gusta el mundo de los sueños, pero nunca recuerdo los míos. Nunca. Recuerdo un sueño cada año y medio, o dos (años, no sueños). Y recién soñé, sentado frente a una mesita de un café, en la esquina que escribí hace un rato, soñé que en las tres sillas vacías de mi mesa en la esquina estaban sentadas tres personas que conocí escribiendo y que de repente se materializaron y que sé que, en algún momento y por alguna circunstancia del azar, como todo, leerán estas líneas y quizá sepan que estas líneas van dirigidos a ellos, y que evidentemente algo me pasa con ustedes si los sueño despierto. Así de adentro los llevo, joder. Lo que hablábamos fue una secuencia paralela, una película instantánea que luego de finalizar comenzó a erosionar
se en mi memoria hasta tal punto que a esta altura todo este tema no tiene sentido ni posibilidad de reconstrucción.
El sábado pasado me desperté dos horas más tarde de lo que pretendía, pero igual fui a Girona. Dormí la mayor parte de la hora y media en tren. No tenía para nada claro con qué me iba a encontrar. Girona es una de esas ciudades a las que vas porque dos o tres o cuatro personas te dijeron que vale la pena, y queda cerca, y viajar siempre es lindo. En fin, que había escuchado algo de un casco histórico, y no mucho más. Todo lo que encontré ahí superó mis expectativas, al punto de no dudar en afirmar que es el lugar más lindo que he conocido en Europa, con la excepción de Barna, claro. Las Iglesias, el barrio judío de hace quinientos años, los jardines, los senderos montañosos entre árboles tan imponentes como las murallas romanas que los rodean, el suelo tapizado de hojas amarillas, las fachadas multicolores junto al río, el fondo de cimas y puentes y nubes. Todo eso, y lo que me falta, todo lo que no describo bien, porque soy incapaz o porque en este momento no tengo ganas (eso es cierto, en este momento no tengo ganas de escribir, pero tampoco es excusa), todo eso es preferible verlo en fotos, tantísimo mejor que estas palabras comunes y descartables. Para eso, a quien interese, lo reenvío a mi facebook. Excepto a vos, que no tenés. Esa noche dormí (eso intenté, en realidad) en un banco. Ni siquiera en una plaza, si no en un banco de una calle muy concurrida. Y hacía mucho frío. Y en sandalias. Y tan duro el banquito. Y algunos niñatos borrachos que pasaban y me gritaban algo, intentaban asustarme. Hasta que a las seis y media decidí levantarme, combatir la modorra, la desubicación, el sueño y el frío, y empezar a vagar por la ciudad buscando un lugar donde tomar algo caliente. Una hora tardé en encontrarlo, y ahí me interné, me instalé hasta las diez y media de la mañana en una burbuja de Bolaño y café con leche, y a esa hora me tomé un tren hasta Figueras. Había quedado en encontrarme ahí con unos amigos. Unas pocas vueltas por la ciudad con una docente australiana que conocimos en la estación, un porro y el museo. Eso era todo, por eso habíamos ido: el Museo de Dalí, diseñado por él. De Figueras no vimos nada, La Rambla y dos manzanas más. Toda la tarde estuvimos en el museo. Y pienso lo mismo que hace un rato: vean las fotos, si les interesa. Sean buenas o malas, feas o lindas, van a expresar mejor mi idea que lo que puedo escribir ahora. Sí puedo decir que, si quiero ser claro, breve,
honesto, sensacionalista y absoluto, es el mejor museo en el que he estado en mi vida. Yupi.
Mi vida en Barcelona no tiene peros sustanciales. Y creo que eso es un poco la felicidad.
Creo que voy a cerrar. La primera letra de este texto creo que fue escrita hace varias semanas. Siempre en distintos lugares, fechas, contextos, ruidos, tintas y formatos. Como casi todo lo que he escrito en este pedazo del mundo, y lo que seguiré escribiendo. Supongo que es por eso que todo parece un poco desmembrado.
En Barce
Leo Clarín todos los días. Me preocupa y me causa repulsión todo el tema de la Ley de Medios. Desde este pequeño espacio, quisiera dedicar un breve paréntesis para el proselitismo: sí a la Ley de Medios. No me gusta Cristina, no me gusta Kirchner. Esta ley tiene varios puntos criticables, que espero en un futuro puedan modificarse o al menos debatirse. Pero, aún así, es mejor que la mierda facha que tenemos, y mejor que lo que pretenden perpetuar Clarín, Macri y ya conocen los etcéteras.
Lees una novela de, digamos, unas trescientas páginas. Resulta que en todo el libro no hay ni una sola letra “u”. Si no supieras esto mientras lo lees, ¿te darías cuenta?, ¿notarías trescientas páginas sin una “u”?, ¿sentirías que falta algo?
Ahora, ya no sé, horas, días antes o después de lo anterior y de lo que sigue, acabo de soñar despierto. Me gusta el mundo de los sueños, pero nunca recuerdo los míos. Nunca. Recuerdo un sueño cada año y medio, o dos (años, no sueños). Y recién soñé, sentado frente a una mesita de un café, en la esquina que escribí hace un rato, soñé que en las tres sillas vacías de mi mesa en la esquina estaban sentadas tres personas que conocí escribiendo y que de repente se materializaron y que sé que, en algún momento y por alguna circunstancia del azar, como todo, leerán estas líneas y quizá sepan que estas líneas van dirigidos a ellos, y que evidentemente algo me pasa con ustedes si los sueño despierto. Así de adentro los llevo, joder. Lo que hablábamos fue una secuencia paralela, una película instantánea que luego de finalizar comenzó a erosionar
El sábado pasado me desperté dos horas más tarde de lo que pretendía, pero igual fui a Girona. Dormí la mayor parte de la hora y media en tren. No tenía para nada claro con qué me iba a encontrar. Girona es una de esas ciudades a las que vas porque dos o tres o cuatro personas te dijeron que vale la pena, y queda cerca, y viajar siempre es lindo. En fin, que había escuchado algo de un casco histórico, y no mucho más. Todo lo que encontré ahí superó mis expectativas, al punto de no dudar en afirmar que es el lugar más lindo que he conocido en Europa, con la excepción de Barna, claro. Las Iglesias, el barrio judío de hace quinientos años, los jardines, los senderos montañosos entre árboles tan imponentes como las murallas romanas que los rodean, el suelo tapizado de hojas amarillas, las fachadas multicolores junto al río, el fondo de cimas y puentes y nubes. Todo eso, y lo que me falta, todo lo que no describo bien, porque soy incapaz o porque en este momento no tengo ganas (eso es cierto, en este momento no tengo ganas de escribir, pero tampoco es excusa), todo eso es preferible verlo en fotos, tantísimo mejor que estas palabras comunes y descartables. Para eso, a quien interese, lo reenvío a mi facebook. Excepto a vos, que no tenés. Esa noche dormí (eso intenté, en realidad) en un banco. Ni siquiera en una plaza, si no en un banco de una calle muy concurrida. Y hacía mucho frío. Y en sandalias. Y tan duro el banquito. Y algunos niñatos borrachos que pasaban y me gritaban algo, intentaban asustarme. Hasta que a las seis y media decidí levantarme, combatir la modorra, la desubicación, el sueño y el frío, y empezar a vagar por la ciudad buscando un lugar donde tomar algo caliente. Una hora tardé en encontrarlo, y ahí me interné, me instalé hasta las diez y media de la mañana en una burbuja de Bolaño y café con leche, y a esa hora me tomé un tren hasta Figueras. Había quedado en encontrarme ahí con unos amigos. Unas pocas vueltas por la ciudad con una docente australiana que conocimos en la estación, un porro y el museo. Eso era todo, por eso habíamos ido: el Museo de Dalí, diseñado por él. De Figueras no vimos nada, La Rambla y dos manzanas más. Toda la tarde estuvimos en el museo. Y pienso lo mismo que hace un rato: vean las fotos, si les interesa. Sean buenas o malas, feas o lindas, van a expresar mejor mi idea que lo que puedo escribir ahora. Sí puedo decir que, si quiero ser claro, breve,
Mi vida en Barcelona no tiene peros sustanciales. Y creo que eso es un poco la felicidad.
Creo que voy a cerrar. La primera letra de este texto creo que fue escrita hace varias semanas. Siempre en distintos lugares, fechas, contextos, ruidos, tintas y formatos. Como casi todo lo que he escrito en este pedazo del mundo, y lo que seguiré escribiendo. Supongo que es por eso que todo parece un poco desmembrado.
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