miércoles, 10 de febrero de 2010

Bielefeld, Öelde, Dortmund, Trier, Schweich

Llegué a Bielefeld sabiendo que aquella noche estaría todo cerrado, que no encontraría lugar para dormir, así que caminé un rato por la ciudad y luego fui a su pequeña estación de trenes y me senté en un banco a leer, intenté en vano dormir, pasaba gente, me veían raro, mucha juventud borracha y al lado mío, por supuesto, un Mc Donalds, lo único abierto un veinticinco de diciembre a la madrugada y claro, cuando uno no tiene opciones ni las busca tenazmente, termina preguntándole al cajero qué tiene por un euro, se compra una hamburguesa de pollo que devora en tres mordiscos y un capuccino que estira a sorbos espaciados y se pone a escribir, en medio del bullicio general escribe sobre otras ciudades, se acerca una chica tambaleante, hace un par de preguntas (de parte de su amiga, que espera espía en la mesa de atrás), se van, pide otro capuccino, pasa un rato, dos voces lo llaman de la mesa de al lado, son cuatro chicas de ojitos rojos, una le lanza una pregunta retórica que remata con un piropo etílico, las otras tres estallan en carcajadas, charlan un poco, se van, entonces intenta dormir de nuevo, casi lo logra cuando lo interrumpen dos policías y le hacen el interrogatorio correspondiente, todo está bien, averigua cuándo sale el próximo tren hacia su destino, contra su costumbre compra un pasaje (piensa que la situación lo amerita), se dirige al andén, se distrae y se cierra la puerta del vagón, por enésima vez se cierra la puerta del vagón pero esta vez respira tranquilo, no le importa, se toma el próximo tren y llega a Öelde, el pueblito donde nació su abuela.

No sé bien qué decir sobre Öelde. Es tarde y tengo sueño. Y fue hace mucho. Digamos que hice lo que quería hacer: caminar el pueblito de mi oma, conocer el lugar donde se crió, escarbar raíces, visitar el cementerio y buscar dos apellidos. En el único cine del pueblo daban una película infantil que no sé de qué trataba y nunca más la escuché nombrar. La película se llamaba Niko.

Intuía que en Dortmund pasaría lo mismo que en Bielefeld, la noche profunda, la mochila pesada, el frío despiadado, la ciudad desconocida, todo cerrado, nadie en la calle, nada en la calle, perderme largamente, perderme hasta desesperarme, rozar con el rabillo del ojo el cartel de un hostel casi a ras de suelo, tocar timbre para volver a sentir vida en mi dedo índice, aparece alguien y me dice que está cerrado, pero sucumbe ante sus valores cristianos y lo abre sólo para mí.

Trier fue una sorpresa muy grata. Mis expectativas, basadas en mi ignorancia, no eran altas. Algo había escuchado de la Porta Nigra y de la casa de Marx: nada más. A decir verdad, el museo de Carlitos es más bien decepcionante, yo esperaba manuscritos, novedades, reliquias, y en cambio me encontré minuciosamente desplegada la historia de sus ideas y las consecuencias/influencias que tuvieron, las zonas que permearon: y todo eso ya me lo enseñan en la universidad.
Fuera de eso, es una ciudad hermosísima, la ciudad más vieja de Alemania, plagada de construcciones antiquísimas, que caminé de punta a punta: me la fumé.

En la oficina de turismo de Schweich me crucé al intendente. Le conté mi historia, los motivos que me llevaban a visitar aquel pueblito tan poco visitado. Conmovido, el señor organizó mi día, me abrió contactos. Caminé por el lugar horas y horas, pasé por la casa donde nació mi abuelo, me perdí, me encontré. Mi sonrisa era imborrable. En la sinagoga me recibió el viejito que la cuida, la abrió para mi, me contó la historia. En la entrada, tras una vidriera, se exhibían varias fotos de hace un par de décadas, cuando, tras una iniciativa de la municipalidad, volvieron a Schweich después de cincuenta años los pocos judíos sobrevivientes que allí nacieron, para la reinauguración de la sinagoga. En la foto estaban mi oma, mi opa, su hermano y la esposa. Cómo lloré. Después, junto con el viejito y el intendente, fuimos al cementerio judío, donde quizá la mitad de las tumbas tienen mi apellido. Caía el sol cuando me llevaron a la casa del ex intendente, un demócrata en tiempos nazis, el encargado, décadas más tarde, de la recomposición de la relación con la comunidad judía. Un amigo de mi opa. Me recibió en su casa con una sonrisa de sorpresa, con ojos brillantes, y no me quería dejar ir. Yo tampoco quería irme. Charlamos un rato largo, y me regaló una botella de vino de Schweich y una foto de la sinagoga de hace noventa años.

Es que uno es injusto con las ciudades. Las respira, las palpa, las exprime y luego, en otro tiempo, en otra ciudad, abre un cuaderno e intenta volcar algo que transmita un poco esas sensaciones. Intenta enjaular ciudades, resumir su jugo en un trago. Y para eso los recuerdos, siempre parciales, siempre distorsionados, siempre ficciones. Entonces no es justo y qué rabia. Pero imagino cómo sería no hacerlo, no desdoblarme en el papel, y entonces pienso que qué le hace otra raya al tigre, que total el mundo, la vida, están llenos de injusticias, y que las hay peores.

martes, 9 de febrero de 2010

Berlín

Berlín es la ciudad más creativa que conocí.
La noche que llegué a Berlín fue la más fría de mi vida, demasiado frío para caminar, para fumar, para hablar: piel muerta.
En Berlín no pagué trenes, buses ni metro.
No sé describir Berlín, tengo recuerdos inconexos, creo que pasaron muchas cosas, demasiadas, a pesar de que estuve un día y medio encerrado.
A Berlín le debo una revancha, en verano.
En Berlín un doctor, que parecía no percatarse de mi pánico supremo a las agujas, me puso cinco inyecciones seguidas, las últimas tres en el pecho.
En Berlín fui a un edificio de cuatro plantas, un bloque viejo, despedazado, que está ocupado por artistas, muchos latinos. Paredes que superponen afiches, grafitis, pinturas, capas de tiempo.
En Berlín fui a bares blancos con camas, a una sala de té japonesa donde te sentás sobre almohadones con diseños de geishas, todo seda y terciopelo, a un bar con una mesa de ping pong donde juegan al mismo tiempo decenas de personas toda la noche.
Berlín, al igual que Estanbul, pero de una manera muy distinta, parece tomar una muestra del mundo, agotar sus posibilidades.
Yo no viví Berlín sino su invierno despiadado.
A veces Berlín parece una pieza de arte expermiental.
Mi primera noche en Berlín fui a un bar que era una casa de ocupas, tocaba una banda chilena que hizo un cover de la Bersuit. En el intermedio, un dj pasaba merengue de los noventas, una tras otra las canciones que llenaban mis noches pre-púberes de minitecas (creo que en Argentina le dicen "asaltos"). Recuerdo escuchar "aquí se viene Azul Azul con este baile que es una bomba", y luego, repiqueteo de tambores: Bombón asesino. Recuerdo haber pensado que nunca en mi vida había visto algo menos atractivo que un alemán que intenta seducir con su baile.
En Berlín me quedé en casa de una amiga, en casa de sus padres, ella peruana que no paraba de alimentarme con comida naturista y prepararme té. Durante dos días se fueron a pasar navidad a Wolfsburgo, y me dejaron las llaves. El depto quedaba en uno de los dos edificios donde filmaron "Good bye Lenin".
Recuerdo un jugo de mango con yoghurt en un restaurant indio.
Recuerdo haber visitado un departamento donde la calefacción era un horno a carbón.
En Berlín casi no tomé fotos, no tuve ganas.
En Berlín me enteré que Leo, el hermano de mi abuelo que murió en Auschwitz, estuvo refugiado en Bélgica durante la guerra.
En Berlín di vueltas suspendido en la noche iglú, sentado en unas altas sillas voladoras que giraban violentas por encima del paisaje urbano que estiraba sus piernas iluminadas.
Un par de veces fui a un antro donde sonaba una música industrial, una maquinaria oscura y electrónica, digamos un NIN potenciado. Recuerdo un ataúd que decía que si ponías una moneda podía pasar algo o no, recuerdo lenguas lesbianas en un rincón apagado, un foco azul, tres tipos escribiendo un ensayo acerca de porqué no había sexo en la Alemania soviética, recuerdo un aire tóxico, una sensación de sótano, y que era el único lugar abierto a esa hora.
En Berlín no sé.
En Berlín el muro, claro, y el nazismo. Recuerdo dos memoriales, dos obras de arte dedicadas al Holocausto. Recuerdo sentirlas con un frío indescriptible, y preguntarme hasta dónde se estira la cuerda de lo que uno puede llamar obra de arte.
Me recuerdo perdido en un lugar lejano, punta este de la ciudad, la noche navideña. Recuerdo las calles vacías, el ambiente hostil, algunos grupos de skinheads y una propuesta homosexual.
De Berlín recuerdo sus tatuajes y sus crestas, y un grupo de chicos que se divertían gritándonos desaforadamente en la cara, a quemaropa, o a quemacara.
Recuerdo estar con dos amigas y quince gramos de maría fresca, recién cortada, en los bolsillos. Recuerdo el aroma penetrante, inocultable, y haber pasado toda la tarde en el museo judío, tiñendo la historia yiddish de fragancias cannábicas.
En Berlín alguien vino a visitarme, alguien con quien meses atrás descubrí mi esquina en Barcelona.
Cerca del centro de Berlín hay una sala con varias sillas y una obra de arte. Se llama la Sala del silencio, y esa es su única función.
Las putas de Berlín serían modelos de alta gama en Sudamérica.
Recuerdo el suelo urbano como un solo bloque de hielo tras la nieve y la lluvia.
Mi última noche en Berlín salí por única vez a caminar solo: salí Berlín. Recuerdo que me detuve y sonaban profundas, con su eco solemne las campanas de la catedral, el repique virtuoso de un percusionista callejero
en su pequeño timbal, el tren queseacercapasayseva dejando pelos revueltos, los graznidos magnéticos, tenebrosos de los cuervos que volaban en círculo alrededor de las cimas afiladas de la catedral gótica y sus faroles viejos. Recuerdo la presencia gris y fantasmal de los monoblocs soviéticos, las fachadas ornamentadas con disparos, una aguja que se levantaba inalcanzable como una torre de babel y desaparecía brumosa en las alturas, una rueda de parque de diversiones que giraba como un goliat de neón, ramas escuálidas, luna llena, noche sin estrellas.

Frankfurt

Ciudad a la que no se me había ocurrido ir. Ciudad de empresarios y oferta sexual interminable. Ciudad de rascacielos y puentes angostos que iluminan las caminatas nocturnas a orillas del río. Ciudad en la que visité la muy aristocrática casa de Göethe y una fascinante exposición de esculturas encargadas por Mao, personajes sufrientes que denuncian con su furia la explotación que sufre el campesinado. Gestos exacerbados de la revolución cultural.
Ciudad de ferias navideñas que ofrecen salchichas, pesebres, vino caliente. Ciudad donde en el jardín de palmeras no había palmeras y donde por primera vez vi un lago congelado. Ciudad que nunca olvidaré, ciudad mágica porque nevó, por fin nevó. Cuando pasó lo de Buenos Aires, hace un par de años, yo estaba en Mar del plata. Y antes de eso había visto nieve, pisado nieve, jugado. Pero fue siempre el gusto agridulce de la nieve durmiente, la que flotó mientras yo soñaba o caminaba en otra ciudad. Y ahora la viví caer, la sentí traspasar mis pómulos, borrar con su blanca, frágil ligereza el pasado oscuro.
Unos días después, abrí "Papeles inesperados" y desemboqué en "Peripecias del agua" y pensé: sí, eso, exactamente.

Estanbul

Estanbul es una ciudad rarísima, indescriptible, inasible, inclasificable. Estanbul es una ciudad con un movimiento caótico, frenético, pero no es una ciudad ruidosa: más bien diría lo contrario. Estanbul tiene más de quinientas, quizá más de seiscientas líneas de colectivo. Estanbul tiene ese juego constante, esa tensión indecisa entre antigua y moderna, cristiana y musulmana, asiática y europea. Ciudad de puentes intercontinentales, mezquitas que congelan el tiempo y la mirada, bazares donde no hay nada que no se consiga, nada que no se quiera comprar, y donde hay que tener una autodisciplina casi militar para no sucumbir a los encantos de los mejores vendedores del mundo, que siempre te hacen reir y saben hablar por lo menos cinco idiomas aprendidos de sus clientes.
Ciudad que tiembla cinco veces al día por los ensordecedores bramidos arabezcos que se elevan a gritos como plegarias al cielo desde los altavoces de las mezquitas innumerables. Ciudad acogedora en la que una vez me quisieron besar la mano cuando dije que mi apellido y mis ideales corren en direcciones opuestas. Ciudad donde salí con una japonesa que fotografía incesantemente a su mascota de peluche, un panameño que, como el otro que conozco, le encanta hablar de filosofía sin tener la menor idea, un inglés que vino desde Londres a Estanbul en bicicleta, y un brasilero que, porro de por medio, me relató que una vez fue con dos amigos a una casa de campo en la que se quedaron cuatro días y consumieron, cada uno, cuatro frascos de popper. Y que desde aquella vez se borró casi todo su pasado, no recuerda su infancia, reconoce caras pero no las conecta con nombres, tiene la certeza de que su memoria ha barrido algunas cosas muy importantes en su vida sin dejar la menor huella.
Creo que Estanbul fue la única ciudad donde no escuché argentinos, lo cual demuestra hasta qué punto llega su magia.
Ciudad que en su pretenciosidad parece agotar la condición humana, metrópoli abigarrada que no da respiro y no deja nada por fuera, todos los colores, los tamaños y las formas, los idiomas, las fachadas y las épocas, los aromas, los materiales y los recursos, las texturas, estructuras y quimeras posibles, imaginables. Estanbul es una brasa que derrite deliciosamente la corteza y contenido del verosímil occidental.
En Estanbul tomé litros de jugo de granada y unas cuantas tazas de sahlep, bebida regional de leche caliente con canela y vainilla, que evocó en mi paladar el recuerdo de aquella gloriosa bebida espesa: la chicha. La venezolana, porque la que hacen en Argentina no me gusta.
Ciudad donde todos los días me regalaron algo y donde jugué futbol con decenas de niños en una plaza cuyo límite traspasaba el horizonte.
Ciudad en la que ocurrió un incidente que no comentaré ahora. Sólo diré que mi vuelo Estanbul-Frankfurt no fue arbitrario ni casual.
Ciudad alucinante.

jueves, 14 de enero de 2010

Kiato, Atenas y Salónica, 15/1/10

Despues de tres trenes, un colectivo y un ferry de dieciseis horas, llegue a Grecia. Di unas vueltas por Patras y me subi al primer tren a Atenas. Despues de un rato, el tren se detuvo en medio de la nada. Y la nada griega es la nada absoluta, ya lo dijo hace dos mil quinientos anios un gay barbudo que dedicaba sus dias al divague mental mientras un esclavo le abanicaba el pecho. Un par de simpatiquisimas chicas griegas con unas tetas que me hicieron pestanear cuatro veces me dijeron que el tren terminaba ahi, y que habia que tomar dos colectivos mas para llegar a la capital. Charlamos mientras el bus estaba en movimiento, y poco antes de llegar, luego de darme sus mails y telefonos por si queria saber cualquier cosa durante mi estadia, les pregunte cuales eran sus planes. Ellas se quedaban en Kiato, un pueblito de mil quinientas personas, donde viven los padres de una, a pasar el fin de semana. Me uni a ellas. Pasamos la noche con sus amigos (es decir, toda la juventud del lugar) un un cafe. Joanna, la unica que hablaba ingles, siempre traducia. En la tele pasaban el sorteo del mundial, en el que justamente Argentina y Grecia quedaron en el mismo grupo.
Yo pedi una cerveza, pero luego imite al resto y me tome un cafe frappe que, por algun motivo, todos pensaban que es algo que solo existe en Grecia: no tenia sentido desmentirlos.
Conversacion heterogenea, como siempre, ramificada. Cada vez me sorprende mas el nivel de asimilamiento que tienen los europeos con respecto a la cocaina, y lo ninios que son cuando empiezan a consumirla.
Jugamos juegos de mesa griegos y cenamos soublakia (delicia local que consiste en un pan de pita en forma de cucurucho, relleno de papas fritas, tomate, cebolla, carne y una salsa hecha a base de yogurt).
Todos los chicos me preguntaron si en Brasil las chicas son tan sexys como ellos piensan.
Mis amigas dijeron que conocen a Natalia Oreiro y nombraron uno por uno todos los personajes de Marimar y Maria la del barrio. Aun me cuesta creerlo.
Me preguntaron si tambien en mi pais los pueblitos bullen de chismes que hacen la vida mas bien insoportable, y les dije que pueblo chico...
En Kiato no habia hosteles ni lugares publicos donde pudiera tirar mi bolsa de dormir, asi que pague el doble de lo que suelo pagar, por una habitacion de hotel con dos camas y tele y aire acondicionado y un balconcito que, teniendo en cuenta que venia gastando muy poco y que la noche anterior habia dormido contorsionado entre dos sillas de madera, no era tan grave y mi cuello lo pedia a gritos.
A la maniana siguiente fuimos al mismo cafe, la misma gente. Un par de horas luego, un amigo de ellas me llevo en moto a la estacion. Con la mochila colgando de los hombros, miraba hacia atras, veia que un pueblo fantasma desaparecia en el horizonte. Sonreia por el pasado reciente, por el amor hacia lo inesperado. Sentia el viento frio reventar contra mi cara, traspasarme, y era inmensamente libre y feliz.
Llegue a Atenas de noche, tire mi mochila sobre un colchon y sali a caminar. Algunas cosas me sorprendieron por su abundancia: locales de tematica erotica (sex shops, strippers, cines), basura en la calle y policias (cada dos esquinas, en grupos que iban desde siete u ocho -no menos- hasta cuarenta). Asustan.
Esa primera noche me perdi, quiza mis pies me llevaron hasta los limites de la ciudad, y lo unico que me gusto fue una placita rectangular escondida entre dos iglesias, con algunos bares de luces rosas donde sonaba Depeche Mode y promocionaban ron venezolano. 
Pintadas anarcas y afiches comunistas a centenares, pero esto no sorprende: a los griegos los persigue su fama de tener una izquierda radical y envidiablemente combativa.
Gran parte de Atenas es, el peor de los adjetivos, normal. Me refiero a que es una ciudad que no transmite nada, con su amontonamiento de coches, sus negocios de ropa barata, sus ocres edificos cuadrados. Ciudad opaca. 
Los dias siguientes me amigue con la ciudad. Le encontre sus rinconcitos, digamos. Sus iglesias antiguas rodeadas de columnas doricas, incrustadas como huespedes desubicados en el centro de plazas a las que hay que bajar en escaleras, sus cafecitos con terrazas que enfrentan la Acropolis.
Anduve por un paseo largo colmado de pequenios negocios a ambos costados. Entre souvenirs baratos y demas mierdas for export, entre cartreras LV falsas y adornos baratos de yeso, habia, cuando no, donde no, esas remeras con frases que tienden a balancearse entre la boludez y los archiconocidos formatos internacionales del estilo "I love Greece" o dos muniequitos casandose sobre la leyenda "game over". Sin embargo, dos se llevaron, humildente, el premio a la originalidad: "Three reasons to be a teacher: june, july, august" y "Edipus: the original motherfucker". 
En ese mismo paseo me invitaron a entrar a un negocio de instrumentos musicales donde me ofrecieron tocar una especie de darbuka hecha con cuero de pez negro, que tenia un compartimento con agua que le daba un eco gelatinoso.
En Atenas la marihuana es mala y barata; te la venden unos yonquis en una plaza y viene dentro de cajitas de fosforos.
Una noche me tope tres veces con el suelo baniado de cristales molidos frente a las vidrieras rotas a piedrazos de grandes marcas de ropa. Al dia siguiente el olor a quemado infesto la ciudad, producto de un enfrentamiento entre grupos de izquierda que quemaban lo que tenian a mano y la policia, en una manifestacion en recuerdo del primer aniversario de la muerte de un chico que asesino la policia a gatillo facil.
Atenas me gusto mas desde arriba que desde el suelo. Desde la Acropolis se despliega una ciudad de paredes de un blanco cegador, techos de tejas escalonados, montanias como fortalezas, templos antiguos de gruesas columnas, espacios verdes como injertos arbitrarios en la epidermis urbana.
En Atenas me di cuenta de que para alegrarme el dia basta con que una cara arrugada se arrugue un poco mas cuando me dedica una sonrisa.
Envuelto en una frasada de tranquilidad, cierro esto sentado en el cafecito del Jardin Nacional: un laberinto de pergolas y arboles milenarios como jardines de Babilonia, de juegos infantiles y corrales de gallinas, de senderos de tierra que rodean un lago con peces y tortugas que es cruzado por un puente que me hace acordar mucho a un lugar que amo: el Jardin Japones.
La Acropolis y el Agora son lugares fascinantes, pero me aburre describirlos, caeria en un compendio de lugares comunes. Para mas info: wikipedia.
Llegue a Salonica a la tarde, tras bordear Grecia en tren. Camine un par de horas buscando la direccion de un lugar para dormir. En un momento de hastio estuve apunto de volverme a la estacion y subirme a la primera cosa que me lleve a Estanbul. No se si era mas complicado encontrar la calle, un telefono publico o un griego que hable ingles.
El hostel es genial, y en realidad no es un hostel, sino un departamento en el que solo estamos una chica, que todavia no conoci, y yo. Los duenios son tres mochileros que no viven ahi y no aceptan dinero en sus manos: cada quien pone lo que le parece en una cajita que hay sobre un mueble.
Hace rato sali a caminar junto al mar. A lo lejos, las luces de la ciudad. El cielo negro sin estrellas, el mar de un oscuro brumoso indistinguible, y entonces un muelle. Y luego del muelle, mar y cielo remolachas. Y luego un circulo de pasto y marmol con quince tubos gigantes de acero de los que colgaban un monton de paraguas iluminados en claroscruro por unos faros amarillos. Y una torre blanca que tiene quinientos anios y que es igual a la ficha de ajedrez pero de piedra y con muchas ventanas. Y una fuente de aguas danzantes. Y una peatonal en subida con tiendas de discos de coleccion y una excavacion arqueologica y unos cuantos cafecitos, en uno de los cuales estoy sentado ahora, con el boligrafo de la camarera, un chill out que ambienta a luz de vela, un techo gris azulado y una decoracion de gusto moderno. Y la sensacion, sobre todo, de que Salonica es mucho mas linda que Atenas.
Mas fea o mas linda, Salonica es siempre mas expresiva que Atenas. Y la gente es mas calida y sonriente. Tiene muchas mas cosasa para ver, y con una distribucion mas caotica, mas sorpresiva. Y sus docenas de iglesias bizantinas. Y cuando me cansaba, o la lluvia aumentaba su inclemencia, siempre encontre algun cafecito con ambiente para sentarme a escribir.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Pompeya y Nápoles, 30/12/09

Las Ruinas de Pompeya son un lugar único en el mundo. Una ciudad con sus callecitas, sus puertas y fachadas, sus ventanas, templos, columnas, sus panaderías, termas, burdeles y edificios de administración pública, sus fuentes de ricos, sus rincones de pobres, sus teatros, anfiteatros y mosaicos. Una ciudad, Pompeya, que quedó enteramente sepultada bajo la lava del Vesuvio una maniana de agosto del 79 D.C. Una ciudad que sigue siendo una ciudad, pero inhabitada, inmóvil. Una ciudad en la que sigue en pie el anfiteatro más antiguo que aún existe y donde, en la fachada de una casa, todavia se puede leer, como signo de status, "cave canem", la más vieja de las placas que indica "cuidado con el perro".
Sin duda, el arte que se conserva, erosionado por el polvo de los milenios, son maravillosos reflejos interpretativos del pasado.
Ahora bien, lo más impresionante de todo: el burdel. El único de los veinticinco burdeles pompeyanos de aquel entonces que no se disfrazaba de otra cosa. Cinco habitaciones pequenias con sus camas de piedra, sus almohadas de piedra, y un dibujo fascinante encima de la puerta de cada pieza, un dibujo que representa una posición sexual entre un hombre y una mujer, la especialidad de la chica que trabajaba en esa habitación. Quedan regitros de los proxonetas, los precios, la clientela de esta sociedad que, a la hora de hablar de sexo, o de practicarlo, no entendía de tabúes, como debe ser.
En la estación de Nápoles perdí un tren por segunda vez, e igual que la anterior, llegué corriendo al andén cuando el tren aún estaba detenido, mientras me acerco comienzana sonar los motores, y un par de segundos antes de llegar a la puerta el tren arranca, arranca pero va más lento que tus pasos, y vos te quedás con la mano enganchada a la puerta, acompanias al tren como en una despedida dolorosa, la velocidad aumenta y empezás a correr sin despegar la mano de la puerta, hasta que te cansás y te das cuenta de que es inútil, maldecís tu suerte, puteas al aire varias veces, descargás energia, sentís que estás transpirado, hace frío pero el sudor te brota como riachuelos congelados, y tenés encima una mochila de quince kilos, un bolsito cruzado y una bolsa de dormir, y lanzás todo eso contra una columna y te sentás, prendés un cigarrillo, te ponés los auriculares con una canción que te guste mucho, controlás tu respiración y te tomás el próximo tren.
Napoles es una ciudad de rostros proletarios y fachadas abandonadas, largas subidas angostas abigarradas de ropa tendida, pintadas anarquistas. En Napoles hay una iglesia cuyo interior no difiere mucho del Vaticano. En Napoles unos estudiantes de de una escuela publica de arte se manifestaban con altavoces y consignas tan tan UBA. En Napoles falta el aire en las calles estrechas, demasiada gente, demasiados negocios, los autos te pisan. Napoles fue navidad y Maradona a cualquier lugar donde volteara. Argentina, me decian, e molto grande nel mio cuore. En Napoles hay castillos a orillas del mar y jovenes como salpicones dibujando a lapiz algun retrato o paisaje, sentados en algun punto cualquiera de la vereda. Napoles es una ciudad de fachadas descascaradas, rostros descascarados. En Napoles la musica emanaba de radios de la epoca en que el cassette estaba recien salido del horno.
Llegué a Pompeya al mediodía. Fui a la oficina de información para preguntar un par de cosas. Mientras escuchaba el parloteo incesante de la ambalísima seniora y recibía suficientes folletos como para empapelar a un hipopótamo, pensaba que se me estaba haciendo tarde para ir a las ruinas, y que me tendría que quedar un día más en Pompei. No me hice problema, la verdad, no tengo mucho apuro. Al final me dijo que el hospedaje más barato era una especie de minicaravana que te alquilaban en un camping, a poco más de un kilómetro. Agarré mis cosas y encare en esa dirección. Había caminado menos de dos cuadras cuando un auto freno junto a mí, bajo la ventanilla, y el conductor me preguntó adónde iba, si estaba recién llegado, si hablaba espaniol. Sí, le dije, al Camping Spartacus. Subí que te llevo, dijo, y yo contesté grazie mile y me subí. Me contó que era el duenio de la oficina de turismo y me preguntó si tenía dos minutos, porque tenía que buscar al chico en la escuela y llevarlo a la casa. Después dimos unas vueltas mientras charlábamos de todo, de Italia, de Argentina, de costumbres y comidas, de nosotros. Dijo que tenía treinta y cuatro anios, dos hijos, que estuvo casado una década y se divorció hace seis. Dijo que tenía un B&B, y que podíamos ir a verlo. Dijo que yo estaba ahí como amigo y no como cliente, me convidó un café y dos cigarrillos. Ya me habían dicho que los italianos del sur eran así, más hospitalarios, más sencillos, menos chetos que los del norte. Pero esto ya me parecía demasiado. Me dijo que si el lugar y la habitación me gustaban, me podía quedar gratis todos los días que quiera.
Me contó que está en pareja hace tres anios con una chica muy linda, de veintidós, que viven juntos (su casa es el B&B), que tienen una relación tranquila, libre y abierta. Que se llama María.
Me preguntó si me gustaba fumar. Dijo que a María le encantaba. Me llevó a la casa y dejé mis cosas. Me preguntó si la casa me gustaba, si la habitación estaba bien. Con las pupilas brillantes, asentí. El cuarto para mi solo, con un cuadro, una mesa de luz con lámpara, una plantita con flores, una mesa, un escritorio, un espejo y un placard. En la casa, colmada de objetos antiguos, hay cinco habitaciones y un jardín donde se pasea un perro que parece un león y costó cuatro mil euros.
Me llevó a la oficina, conocí a María (que trabaja ahí), charlamos un rato y nos fuimos a comprar marihuana. Quise pagar la suya, mínimo gesto de retribución, pero no me dejó. Armó un porro mientras manejaba y hablábamos de cualquier tema y me seguía ofreciendo cosas. En un momento le pregunté qué pensaban de Berlusconi. Dijo que es un tipo muy capaz, de una inteligencia finísima, que había hecho muchas cosas y que no había mejor alternativa. Dijo que era de la linea de Hitler y Mussolini. Le pregunté si esa linea le gustaba. Contestó que sí, que siempre había sido de derecha, que se recuerda con seis o siete anios siguiendo a las juventudes nacionalistas. Me preguntó qué era yo. Anarquista, dije. Nunca entendí la anarquía, dijo. Pero suelo decir que soy de izquierda, es parecido y es más fácil de entender y de explicar. Nunca pude pensar en términos de izquierda, dijo. Sin la menor agresión, seguimos la conversación un rato más.
Llegamos de nuevo a la oficina y prendimos otro porro. Entre pitada y pitada me pregunto si podia ayudarlo en algo diez minutos, y luego nos iriamos a casa. Por supuesto. Me llevo frente a una mesa baja de madera, pintada de rojo. Me dio un papel de lija y me dijo que empezara, mientras el hacia lo mismo con unas sillas. Comence a lijar la tabla por dentro y por fuera. Lo hice con tranquilidad, procurando hacerlo mas o menos prolijo, luchando contra mi absoluta inexperiencia en ese y otros oficios manuales, y sobre todo contra mi grima: la lija y la goma espuma son las unicas dos cosas que me causan ese erizar de pelos terrible que a otros les causa el tenedor raspando la olla o las unias raspando el pizarron. Cuando termine con las dos mesas, me pidio que las pinte. Me alcanzo una brocha y un frasco de agua de tinta o tinta de agua, no se como se dice. Mientras pintaba, no podia evitar acordarme de mi opa, que siempre le gustaba hablar de su muebleria. Llegaron otras personas y se quedaron un rato largo charlando con Maria y Carmine en la oficina. Yo seguia sumando capas de pintura en la vereda. Cada media hora venia el y me decia que en diez minutos nos iriamos a casa. Nos encerramos un par de veces mas en la oficina a fumar porro. Finalmente nos fuimos. Me duche y nos sentamos a cenar.
Durante la cena, me vi obligado a derribar un obstaculo que creia insuperable: la lechuga. La cena estuvo muy bien, fluia el vino tinto y la conversacion. Durante la cena, me dijo que si el me viera en la calle pensaria que soy suizo, austriaco, quiza aleman. Me pregunto de donde salia mi pasaporte aleman. Abuelos, judios, nazismo. Ah, hebrei?, sobrevivientes?, dijo sorprendido, y agrego, despues de un silencio tenso: yo soy de derecha, volviendo a lo anterior, pero... mmm.. creo que esas cosas no estan bien. No, claro, claro.
Carmine prendia un porro tras otro. Maria se negaba a fumar en un principio. Dijo que antes fumaba todas las noches, pero que hace tres meses habia dicho basta y no volvio a tocarla. Cuando yo fumaba, desde el otro lado de la mesa Carmine me hacia senias de que le pasara el porro a ella, que le insistiera, hasta que Maria cedio. Despues de un rato a Maria se le antojo dulce y el y yo nos fuimos a conseguirle rococo, una masa tipica que sabe a nuez. A poco de empezar el camino, el me dijo que esta era una noche especial. Que la veia bien a Maria, contenta, muy relajada. Que habia fumado por primera vez en tres meses y que todo eso tenia que ver conmigo, con que a ella le gusta mi presencia. Seguimos dandole vueltas al tema, sutilmente. Me recordo que la relacion de ellos es abierta. Y que el destino nos habia cruzado. Cada tanto, me preguntaba si yo entendia. Seguia hablando de lo mismo, de a poco agregaba elementos. Me dijo que creia que, de una manera muy tranquila, yo le gustaba a Maria. Y ella a mi. Y que el no tendria problemas si yo quisiera estar con ella, porque si esta contenta a el le basta. Dijo, despues de unos minutos, que era la fantasia de ella. Y un poco de el. Que nunca lo habian hecho, que pensaba que yo era el indicado, siempre y cuando yo este de acuerdo con la idea y Maria me guste. Lo pense unos instantes. Le pregunte si estaba seguro, si no habia problemas. Le dijo que Maria era linda y que la idea me parecia bien. Respondio mis pocas preguntas, dijo que Maria era una chica muy dulce y muy delicada, que quiza con un par de besos ya estaba bien o que quizas. Dijo que todo dependeria del fluir de las cosas, que Maria podia querer estar conmigo, con el o con los dos. Que el estaria presente, y que no creia que Maria y yo fuesemos a tener sexo propiamente dicho. Dijo que le gustaria que pasara esa misma noche, pero que si no, de todos modos, yo me quedaria dos noches mas con ellos. Entonces me baje del auto y fui a comprar los dulces, pero ya habian cerrado. Me dijo que esa noche trate algo, un beso, una caricia. Volvimos. Maria estaba en el sillon mirando tele, con ojeras. Charlamos un rato, ella se quedo dormida y el se fue. Antes de desaparecer, me hizo una senia. Esta dormida, le dije. No importa, despertala y fijate. Delicadeza, mucha delicadeza. Intente despertarla, pero apenas abrio los ojos llamo a Carmine. Vino y hablamos un rato. Ella dormida de nuevo, y el se vuelve a ir. Dijo que no hacia falta que la despierte, que intente acercarme y acariciarla un poco. Se fue. Eso hice. Esta vez, cuando ella desperto y me vio tan cerca, lo volvio a llamar, pero mas fuerte. El volvio, y todos nos fuimos a dormir.
Despues de desayunar me fui a ver las ruinas. Estuve todo el dia ahi, y cuando volvi a la oficina vi caras largas, gestos fastidiosos, me parecio que discutian. Mientras ibamos a casa, nadie dijo una palabra. A la hora de cenar, el no vino a la mesa. Le pregunte a Maria si estaba todo bien. Me contesto que Carmine no tenia hambre, problema de trabajo, esta muy nervioso. Ahora se tiene que ir, y yo me voy con el. Volvemos en un rato. Prendi un porro y me sente a leer con musica de fondo. Hora y media, dos horas despues volvieron. Me saludaron con un gesto y se fueron directamente a la habitacion. Al rato yo tambien me fui a dormir. La luz de su habitacion seguia prendida, y se escuchaban voces. Apague la luz y me acoste. A los cinco minutos entro Carmine y me pregunto si queria fumar. Fui. Me conto los problemas laborales, un socio lo habia estafado. Luego retomo el tema de la noche anterior. Me pregunto si le habia dado un beso, y le conteste que no habia pasado nada. Le dije que no estaba muy seguro de que Maria quisiera algo conmigo. Me dijo que el creia que si. Que hoy ella le habia hablado de mi. Me pidio que la fuera a buscar y le diga que venga. Para que, esta durmiendo. Vos decile que venga cinco o diez minutos. Golpee la puerta, llame su nombre, pero nadie respondio. Desde el living, el me decia que abra la puerta, entre, la despierte y le pregunte si quiere venir un rato con nosotros. Si dice que no, insistile. Le dije que no, que ya era demasiado despertarla, que no insistiria ni una vez. La desperte y ella dijo que queria seguir durmiendo. Volvi al living y el me dijo algo que no entendi. Mi italiano es pesimo, pero su ingles y su espaniol son aun peores, asi que siempre hablamos en italiano. Lo que no entendi podia significar: ella me hablo de vos para maniana; voy a hablarle de vos para maniana; maniana voy a hablar con ella. Y nos fuimos a dormir.
Podria continuar la descripcion minuciosa del dia siguiente y de la maniana posterior, pero seria llover sobre mojado. Maria nunca quiso nada, y nunca se libero el juego retorcido de tener un trio con dos nazis hospitalarios. Quiza cuando llegue a Buenos Aires les mande una botella de vino tinto. A Maria le gusta.
Final insipido de la historia telarania.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Sabado 5/12/09. Florencia y Roma.

En Florencia descubri un jugo (una fruta, en realidad) del que nunca habia escuchado nada y de inmediato se transformo en uno de mis preferidos: naranaja roja. Es muy dulce, y aparte es copadisimo beber un liquido rojo, que asociamos con cualquier cosa menos con una naranja, y que sepa a naranja. Es un poco pelotuda mi emocion, pero me encanta.
Me parece que los italianos no saben, quiza nunca aprendieron o no se dieron cuenta (es una de esas cosas que no se ensenian, simplemente las naturalizamos y entendemos que llevar la contraria seria, por esta vez, bastante estupido y no implicaria ningun beneficio) que hay que caminar por la derecha.
Creo que me cruce a Eliana Guercio (se llama asi? se escribe asi? habra sido la hermana? tiene una hermana, no? o la de la hermana es otra?) en el Coliseo.
El otro dia, mientras me duchaba, aparecio un tema en mi cabeza. Anios sin pensar en eso, y ayer por primera vez le concedi algo de importancia: en la primaria no enseniaban el mapa de Venezuela, su division en provincias y sus limites territoriales. Todo el costado este del pais, una especia de cola larga que, si mal no recuerdo, seria como una quinta parte de la nacion, se llama ''Zona en reclamacion''o "Guyana". Asi aparecia en todos los mapas. Lo que nunca nos dijeron (nosotros, inocentes ovejitas pre-puberes, tampoco preguntamos) es por que se reclama, o desde hace cuanto, o quien le reclama a quien, o si eso pertenece a alguien "oficialmente". Que conio hay ahi? selva? casas? vive gente? Punto contiguo: el limite este de Venezuela, (es decir, lo que esta pegado a la "Zona en reclamacion"), es Guayana Francesa. Creo que es el unico pais de habla francesa en Sudamerica. Nos dicen que al sur esta Brasil, al oeste Colombia, el norte el Mar Caribe. Nos hablan de sus capitales, un poco de su geografia, quiza de sus recursos. Pero de Guayana no nos cuentan absolutamente nada.
Hace poco me entere de que Guyana existe como Republica Cooperativa, con manejo ingles, y que Venezuela reclama las dos terceras partes del territorio.
Igual me pregunto: hay algo detras de este ocultamiento? o solo es desinteres? o ignorancia?
Ya no se que pensar cuando escucho a un europeo decir que quiere o le interesaria ir a Africa o a Sudamerica para "ver la pobreza". Ya no se si me da rabia, compasion, verguenza ajena. Ya no se si es culpa de ellos o no.
En estos dias, paseando en Roma, me sorprendi a mi mismo mas de una vez tarareando "Libertango".
Finalmente mi estomago me pidio que baje un cambio de tanto McDonalds, y mis papilas gustativas ya no toleran tanto cigarrillo armado. Una de las dos tiene solucion.
Roma es la primera capital europea que visito y, como suele suceder en tantas capitales, tiene su dosis de bocinazos, de indigencia, de gente que duerme en la calle, de suciedad, de anonimato.
De a momentos, una tarde, una noche en Roma me golpeo la soledad, la sufri un poco, cosa que no ha sido para nada frecuente en este viaje. Lo peor es que siento que fue un autoboicot, que yo estableci una barrera. De todos modos, al dia siguiente, desde la maniana hasta la noche, conoci y charle con un monton de personas entre la calle y el hostel, y asi de facil se soluciono todo.
En la estacion de trenes cambie dos frases con una pareja de alemanes. En los tres dias siguientes, nos encontramos tres veces mas. Llego un punto en que nos despedimos "nos vemos maniana" sabiendo que, sin esfuerzo ni planificacion, Roma nos volveria a encontrar. Y asi fue. La chica era de Trier (si no me equivoco, lugar que vio nacer a Carlitos Marx), una ciudad al lado de un pueblito en el que caere en algun momento de esta travesia, un pueblito desconocido, cerca de la frontera con Francia, donde nacio mi opa. La chica me dijo que ahi viven siete personas. No se si exageraba.
Me causa mucha impotencia (no se si impotencia es la palabra, es mas bien ese cerrar el punio y apretarlo, tener que metertelo en el bolsillo y clavarte las unias para no descargarlo contra alguien o algo) que en todos lados vendan productos de Mussolini. Lo mismo que con el El Che, pero a eso ya estoy acostumbrado. Imanes, calendarios, vinos de Mussolini. Nunca fui a Berlin, pero se que alli no es lo mismo. Esta bien, Adolfo y Benito no son exactamente lo mismo. No exactamente, pero de casi todas las maneras lo son. No se como cerrar este punto. Me sabe todo un poco impune.
Logicamente estoy un tanto alejado de la rama academica, de mi carrera, de ese mundillo intelectualoide que es Sociales en la UBA, pero hace poco note que hay algo de lo que no me puedo desprender: analisis del discurso. Tiendo a hacer eso, a veces, cuando la gente habla. Senias de identidad, sentido de pertenencia, construccion de la otredad. Me ha resultado muy interesante hacerlo con los yanquis, sobre todo con los que toman cierta distancia del American Dream.
En la Capilla Sixtina no se puede tomar fotos. Diez veces por minuto el guardia lo recuerda a los visitantes. Las personas, obviamente, toman fotos igual. Es incontrolable. En la Capilla Sixtina no se puede hablar, el guardia lo reitera diez veces por minuto, pero de todos modos, la gente habla. Es incontrolable. Cuando sali de ahi, no me quede pensando en La Creacion ni en el Becerro de Oro. Pense en el guardia. Pense en que se levanta al amanecer, se afeita, se toma un cafe con leche y se va al Vaticano a repetir dos mil trescientes cincuenta y siete veces "No photo! No photo! Silenzio!", con voz frustrada, con tono autoritario, hasta que se hace de noche, vuelve a su casa, se clava unos fideos con pomodoro, quiza le hace el amor a su esposa tratando de no pensar en el perfume a hombre que hay en sus hombros, y se duerme. Lo quemado que debe estar el pobre tipo.
Aquella tarde de soledad, para coronarla, tambien estaba de mal humor. Es que, por distintos motivos, no habia podido hacer nada de lo que queria hacer ese dia. Y aparte el clima repugnante, mesacoelbuzomelopongo, llueveparadellover, bufandasibufandano, humedadmashumedad. Eran las cuatro y monedas y yo estaba a dos cuadras de la Piazza del Popolo, yendo hacia alla. No se me ocurria que hacer despues, adonde ir. Y me deprimia pensar que en cualquier momento se me venia encima la noche. A eso no me acostumbro: cuatro y media cielo negro. A dos cuadras estaba, como decia, y pase por la puerta de un cine que tenia un afiche de Penelope Cruz, la ultima peli de Almodovar. Empezaba en diez minutos, en idioma original con subtitulos en italiano. No lo dude. Dos horas despues, que maravilloso era el mundo. Cuanta belleza alrededor. Que espectacular es Roma. Que sonrisa imborrable la mia. Tante grazie, Pedrito, for making my day una vez mas.
El dia siguiente lo dedique al Coliseo, al Foro Romano, al Paladino. Ruinas. Entrar al coliseo es entrar en shock. Solo hace falta ponerle un poco de imaginacion. Escuchar la historia, lo que verdaderamente sucedia alli, de que manera, su significado, sus vicisitudes, todo eso ayuda a deshollywoodyzarlo bastante. El circuito, a paso relajado, dilatado, con innumerables detenciones fotograficas, termino antes de lo que yo pensaba. Era temprano todavia y la ciudad, esa metropolis monstruosa, se me agotaba. Ya no sabia a que parte del mapa pegarle un mordisco. Igual que el dia anterior, el sol se despedia, y yo a dos cuadras de Piazza Navona, a esta altura ya un poco aturdido del mismo paisaje. Un paisaje alucinante (Roma es una bestia divina), pero siempre el mismo. Entonces, en una esquina, junto a tres dibujantes, levante la cabeza. En el azul espeso, cuatro, seis grupos (no se como se dice, no es manada, no es cardumen) de pajaritos negros (o eran palomas?). Hablo de cientos, tal vez miles de pajaritos negros que se entremezclaban, improvisaban figuras, eran arcos y serpientes, hongos y abanicos que se disolvian y se rearmaban en un mismo espacio con una soltura, una coordinacion y una belleza que pasmaba. No se cuanto tiempo estuve ahi sentado, no importa, el tiempo se detuvo y yo cai en trance, en esa esquina, la gente pasando apurada alrededor. A falta de Almodovar, pajaritos.
Una de las cosas mas raras que escuche en mi vida fue Los Simpsons en italiano.
En Roma entre a la sinagoga y al Museo Hebreo. De casualidad pase por ahi. Hice una breve visita guiada, con un grupo de gente. Todos judios. El recorrido tuvo sus vetas interesantes: la historia del ghetto de Roma, las diferencias arquitectonicas, estilisticas y decorativas de las cinco escuelas distintas que conformaron la comunidad hace unos siglos. Pero el grupo era insoportable, esas risitas complices cuando alguien decia una palabra en hebreo, esa maldita confusion entre la reivindicacion de una religion y la de un Estado, ese ambiente tan peronista de que para un judio no hay nada mejor que otro judio. Secta.
Florencia no la camine tanto como Venecia o Roma. En Florencia se trato mas de compartir tiempos con amigos; el plan era otro. Hubo menos de flaneur y mas de salidas nocturnas, de fiestas, de esas noches de poker con mucho olor a huevo que tanto extraniaba (jugue dos noches y sali veinticinco euros arriba), de esas multitudinarias cenas familiares con toneladas de comida casera (los italianos parecen nacidos para eso) con el nono presidiendo la mesa. El nono generoso y charlatan, la nariz ancha colorada de vino, algo sordo, lleno de anecdotas, un nono que me hizo acordar un poco a mi opa y con el que me hubiese gustado hablar un poco mas pero el nono, claro esta, no parla ni una parole que no sea en italiano y el mio es menos que incipiente.
En realidad no me quede en Florencia, si no en Calenzano, un pueblo a media hora. Samuel, amigo y ex compa de depto en Barcelona, es de ahi, y me quede en su casa, junto con otros dos de mis ex convivientes: Elena (su novia) y Mateo.
El primer lugar que vi en Calenzano, ultima parada del colectivo, punto de encuentro establecido por Samu, fue un bar/centro cultural llamado "La casa del popolo", donde todos fueron amabilisimos conmigo mientras me miraban como un extraterrestre. Recuerdo que entre todos sumaban catorce dientes.
De Calenzano recuerdo una subida empinada que moria frente a un castillo medieval. Recuerdo una feria de aceites de oliva en una plaza.
En Florencia vi cervezas Duff.
El David es tan imponente y perfecto como dicen. Creo que nunca me quede tanto tiempo dentro de la sala de un museo que solo tenga cuadros (hago la aclaracion porque si no esto no seria cierto, no me quede mas tiempo que con los videos de Warhol en el MALBA) como en el salon Botticelli de la Galeria Uffizi. Dos nombres resumen todo: "El nacimiento de Venus" y "La primavera".
Las chicas italianas son tan, pero tan lindas que pueden perfectamente jugarles de tu a tu a las portenias. Pero asi como unas tienden a la histeria y a la arrogancia, las otras tienden a un nivel de chetaje con el que ya convivi demasiados anios y a esta altura no estoy dispuesto a soportar mas. Me sigo quedando con las catalanas.